Diálogo II: La poesía

Jorge Monteleone y Hugo Padeletti participaron de un diálogo público en Filba 2008 en el que hablaron de poesía al tiempo que recorrieron la obra de Padeletti.

Jorge Monteleone: Muchas gracias por su presencia. Este es un diálogo acerca de la poesía pero, evidentemente, es un diálogo de poesía con un poeta, por lo tanto toda generalización que hagamos y toda referencia será vinculada a la obra y a la experiencia de este gran poeta argentino que es Hugo Padeletti. Cada una de las referencias que vamos a desarrollar, también vendrán acompañadas con lecturas de Hugo de una serie de poemas que ha elegido de su obra poética. Prácticamente, todos los textos corresponden a El andariego, que es la edición nueva de la serie de poesía escrita entre 1960 y1980, y algunos poemas, que también están seleccionados del período posterior. Entonces, a partir de esta premisa, la generalidad de los temas acerca de la poesía están siempre vinculados a la obra de Hugo.

Yo había estado pensando en un título de un texto de Hugo, decía “Cómo se lee un poema”. Se me ocurrió también que la poesía es un modo de leer el mundo, que cada poeta y cada poema leen el mundo a su modo, con una metáfora que viene del romanticismo –por lo menos en el romanticismo apareció esa metáfora muy presente- que es la idea de que el mundo es un texto que puede leerse. En ese sentido, cada poeta tiene una actitud distinta respecto de ese texto. Puede entender que ese texto es legible y el poema de alguna manera puede reflejar, puede explicar, puede dar cuenta de esa legibilidad. Habría una relación armónica entre ese texto que se lee y el poema. O bien, el poeta o el poema pueden pensar que ese texto es ilegible, que ese código está perdido o es inexistente y forma parte de un lenguaje desconocido. En ese caso, el vínculo del poema con el texto del mundo es un vínculo problemático, es un vínculo de extrañeza. De alguna manera, la lengua del poema también da cuenta de esa inadecuación.

Yo creo que la poesía de Hugo está vinculada, en cierto sentido, con la primera vinculación. Lo pensé a partir de ese momento en que los poetas hablan de sí mismos y crean respecto de su experiencia con la poesía un mito de origen, el momento en que son poetas, en que sienten que por primera vez son poetas. De esta relación se me ocurren muchas escenas. Una es la de Gonzalo Rojas que dice que tuvo una conciencia en la infancia de la poesía cuando vio un relámpago y comprendió el nombre “relámpago” en lo tetrasilábico de su manifestación. En el caso de Hugo hay un reconocimiento, que me parece muy hermoso, cuando dice que alguna voz le dice ante un árbol “las ramas tienen su actitud cada una”. En ese momento hubo un origen respecto de su experiencia como poeta. En primer lugar- y eso aparece en un poema llamado “Misión” que me gustaría que leyera, con el que abre El andariego. Me gustaría saber cómo fue esa experiencia y, en todo caso, de qué naturaleza es esa experiencia del contacto de la naturaleza con el mundo en ese origen, en ese momento que el poeta ve retrospectivamente como inicial.

Hugo Padeletti: Para que se comprenda este poema que voy a leer, tengo que decir algo que es anterior a esta experiencia de esta voz de la que habla Jorge. Yo ya a los once años escribía algo parecido a la poesía y así de vez en cuando lo seguí haciendo. En la adolescencia fue bastante fuerte y con una forma ya más definida, pero dentro de la retórica del modernismo. Era siempre como un desahogo emocional adolescente. Pero una vez recorriendo librerías me encuentro con una revista, la revista Cosmorama, que se hacía a la vez en Buenos Aires y en Rosario con poetas de ambos lados y encontré que no entendía nada. Se produjo un hiato ahí: yo estaba en un mundo y existía otro mundo para la poesía. Entonces, llamé al teléfono que figuraba en la revista, me atendieron, me dijeron que les llevara mis poemas, yo los llevé, los miraron y, rápidamente, se dieron cuenta de qué se trataba. Lo pusieron sobre un piano y comenzaron a educarme, pero nada de taller de poesía. La directora, que era una mujer muy talentosa, Nélida Ester Oliva, con cuatro o cinco conversaciones muy significativas me cambió la vida. Produjo alguna fermentación interna porque esto que pasó, que es lo que quiere recordar Jorge, pasó justamente pocos días o pocas semanas después de esas conversaciones con Nélida. Yo estaba en la escuela secundaria, en un colegio religioso, Sagrado Corazón de Rosario, que era una manzana entera. A mí el bachillerato del tipo enciclopédico no me gustaba nada. Me gustaban algunas materias a las que les saqué mucho partido como por ejemplo los idiomas, particularmente el francés. En esa época se enseñaba en el bachillerato cuatro de francés, tres de inglés y dos de italiano, todos los cuales aproveché. Y salí leyendo francés que influyó mucho en mi futuro posterior. A Verlaine, por ejemplo, lo descubrí a los 15 años. Abrí un libro, Lecture française, me encuentro con un soneto, me gusta y leo “Paul Verlaine” pero no sabía quién era. Entonces, le pedí a la que atendía que iba a necesitar un diccionario porque me gustaba mucho eso, y había dos o tres palabras que no entendía. Me vendieron uno barato, grandote que lo conservé hasta hace poco tiempo. Ya empecé a leer Verlaine y nunca lo dejé ni lo dejaré.

Pasando a lo nuestro, yo estaba en el colegio aburriéndome en una clase (a veces tenía un libro de poesía escondido), tocó la campana de la terminación de la clase y todos bajábamos corriendo los patios (había muchos patios y enormes). Yo que estaba esperando la campana, bajé rapidísimo antes que los demás. Era un patio hermoso, importante, había dos grandes escaleras y había dos hileras de plátanos. Era fines de otoño. Yo vi los plátanos sin hojas y pasó algo que uno no sabe explicar, algo que no me había pasado nunca. Yo escuché una voz que me decía: “las ramas tienen su actitud cada una”. Nunca me había pasado, de modo que me sobrecogió. No quise esperar a mis compañeros. Ni bien ocurrió, volví a mirar los árboles. Por un costado subí la otra escalera y me escabullí hacia la puerta de mi casa que quedaba a media cuadra. Cuando llegué a casa, me pregunta mi mamá qué me pasaba, le dije que me había cansado un poco y que me iba a recostar. Me tapé con una mantita –no era nada pensando, no sé por qué me acosté con una mantita- y era algo que inconscientemente convenía para lo que tenía que hacer. Lo que tenía que hacer era escribir mentalmente un poema. Así que ahí en la cama empezaron a parecer las imágenes, lo escribí completo. Cuando me di cuenta que tenía un poema escrito en la cabeza me levanté, lo escribí y al rato lo pasé en una vieja Olivetti que era de mi abuelo. La llamé Nélida y me dice “vení, así lo leo”. Y me dice: “Hugo, esto es poesía”. Cuento esto porque yo me di cuenta poco después que eso fue mi ingreso en la poesía como obra de arte del lenguaje, de lo cual nunca salí ni nunca voy a salir mientras viva. Lo anterior era otra cosa que mucha gente hace o puede hacer como hice yo. Esa fue mi iniciación en el arte de la poesía.

Jorge Monteleone: ¿Podrías leer tu poema “Misión”?

Hugo Padeletti: Ayudó a la escritura del poema el hecho de que yo en esa época (no por influencia de Nélida ni de Mario Briglia que era el co-director en Buenos Aires, sino como mía) lo encontré en alguna librería y lo leí y me quedé fascinado. Tuve una mala edición del Tao Te King, una mala traducción en inglés, quizás el mismo texto en inglés no fuera bueno. Tenía esa cosa característica, ese decir mucho en poco, esa cosa escueta, seca, que es más hueso que carne. Yo no lo pensé, entró en mí y apareció acá porque mi escritura anterior eran sonetos con esa retórica rubendariana, no tan cargada –siempre me gustó la simplicidad- pero estaba en eso anteriormente.

Les leo el poema y cuando aquí hablo de sequía, me refiero a qué yo había pasado por un período en que ya esa poesía adolescente había terminado y esa era la sequía. A mí me faltaba algo, no podía seguir escribiendo de ese modo pero no había descubierto otra manera de escribir, que se produjo con esto.

El poema dice así:

Misión

Hay sedimentos de sequía
en el fondo del cauce.

En el pasto su propio secar
y brotar. Reposo,
novilunio.

Me llego hasta las ramas abiertas
porque tiemblo y vacilo.
Las ramas tienen su actitud cada una.

(Aquí aparece el verso que yo escuché como si una voz me lo dijera. Nunca pensé que esa voz era una voz sobrenatural. No me conmovió para nada, me pareció todo muy natural.)

Los álamos obstinan
la misión de lo magro.

Goza en los trigos
el barbecho
su maternidad sombría.

Sube y me reconforta
–proyección de la savia–
algo que viene de antes de la tierra

y vuelvo de los campos
tenso
de gestaciones.

Reverdezco así tras de la entrega,
de la higuera repito el milagro
y, diciendo,
me cumplo.

Jorge Monteleone: Este poema forma parte de uno de los primeros libros de Hugo, pero yo quería preguntarle algo bastante particular acerca a su aparición en la poesía argentina. Personalmente, yo mismo conocí a Hugo Padeletti de un modo bastante casual. En una ocasión estaba Juan José Saer en una reunión en la ciudad de Rosario, me señala el libro que había publicado Hugo Padeltti, Poemas 1960-1980, en el año 89 y me dice “éste es el libro del mejor poeta argentino”. Lo digo así porque creo que no está registrado, pero así fue lo que dijo Saer en ese momento. Inmediatamente quise leerlo. Lo había conocido a través de una entrevista del diario Poesía, creo que era el primer número y ahí apareció. A pesar de que había publicado un libro muy breve, apareció la poesía en el año 89 de un poeta que había escrito durante 20 años. Al año siguiente, en una edición que a Hugo no le gusta mucho pero que fue muy importante para todos los que lo leímos, apareció Parlamentos del viento con todos los poemas escritos entre 1980 y1990. Al año siguiente, en el 1991, aparece Apuntamientos en el Ashram que recupera los poemas escritos a partir de 1944 hasta el 60. Es decir que parece toda la obra de un gran poeta de la Argentina en el curso de tres años, pero una obra escrita a lo largo de 45 años. Eso me parece que no es casual, no es algo producto del azar, creo que es producto de la relación que tuvo Hugo con el poema en relación también con la vida pública. Yo recuerdo que en las entrevistas de la época cuando aparecen estos poemas, Aulicino -con el que hablamos hace poco aquí- decía que había sido una conmoción literaria la irrupción de toda esa poesía escrita a largo de 45 años en 3 años. Los poetas jóvenes, periodistas a la vez, como Osvaldo Aguirre, le preguntaron a Hugo en los reportajes de la época cómo sostuvo la escritura poética en esa dimensión tan distinta de la habitual publicación, de la habitual confrontación de la obra con sus lectores. Creo que eso tiene que ver también con una actitud que aparece como parte de su poética: la paciencia, la modestia o la idea de que el tiempo es una excentricidad. Yo quería que Hugo dijera algunas palabras acerca de esta reserva y que nos leyera esos poemas que creo que tienen que ver con su modo de manifestarse en la poesía., los poemas “La paciencia”, “La modestia” y “El tiempo” (ese que comienza “el tiempo es excentricidad”)

Hugo Padeletti: Quiero aclarar que no hubo nada de heroico, no hubo una épica consciente de “voy a esperar”, es algo tan natural… Yo experimentaba una enorme felicidad escribiendo. También me gustaba mucho dar clases. Daba clases en la Facultad de Filosofía, en la carrera de Filosofía, aunque ya me daba cuenta que no me interesaba enseñar filosofía, me cansaba bastante. Después me contrataron para dar en Letras, tampoco me interesó porque me di cuenta de que el grupo de gente no funcionaba, eran bastantes chicas que uno no sabía por qué se habían inscripto, no pasaba nada. De ahí pasé, también por motivos destinales, no buscados, a las escuelas de arte y allí me encontré a gusto realmente. Yo había estudiado plástica muy a fondo, con vocación pero así como algo paralelo, pensaba que mi carrera iba a ser universitaria. La cosa se dio vuelta sola y la vida me llevó a ganarme la vida durante 30 años enseñando en las escuelas de arte de Rosario. Eso me causaba mucha felicidad y creo que fue el mayor éxito de vida que todavía lo reconocen en Rosario Los hijos y hasta nietos de mis alumnos saben quién soy y me saludan por la calle. Creo que el mérito consistía en que yo me daba cuenta de que cada persona tenía su línea de trabajo. Eran 40 alumnos pero no daba una clase colectiva, los iba siguiendo a cada uno y eso funcionó. De manera que era muy feliz en mi trabajo y la escritura era algo privado. Si tenía que publicar, iba a publicar pero no me daba cuenta (ahí está el tema del tiempo que lo vamos a tocar después). No piensen que había una actitud de querer estar por encima de la gente apurada por publicar. Nada de eso en absoluto, simplemente ocurrió con gran comodidad.

Me publicaron 17 poemas en Carmina una edición que hacía la señora Sofía Massey asesorada por el poeta Ricardo Molinari. Pero a raíz de profesores de la universidad que eran de La Plata, amigos de ella, llevaron los poemas y se publicaron. Después un gran poeta imprentero en Rosario, Gandolfo, con Angélica Gorodischer viendo que yo estaba tan escondido y a ellos le gustaba lo que yo hacía me publicaron una pequeña plaquette con 12 poemas. De modo que son en total 28 poemas, todos los que escribí antes de venir a Buenos Aires, que me vine jubilado. Fue así de simple.

Jorge Monteleone: ¿Podés leer los poemas “La modestia” y “La paciencia?

Hugo Padeletti: No vayan a creer que “La modestia” y “La paciencia” es algo que soy yo. Yo escribí mis ideales que a menudo es lo que uno no es, lo que a uno le gustaría ser. Yo no creo ser ni muy paciente ni muy modesto. Uno tiene que practicar algo de eso, la vida lo exige a veces.

La paciencia

es un arte difícil. Como un cuadro
compone disonancias.
Transfigura
la fragmentación del instante.
Su secreto,
la continuidad del alba.

No hay secreto
que no sea interior.
Aún en flor
su encubrimiento prevalece.
¿Qué primavera
dice su invierno?
La primavera
es.

Voy a plantar esta almendra
para dar testimonio
de la paciencia

La modestia

es una virtud indirecta.
A diferencia
de la violeta
no tolera el abono.

Cautamente,
después de una sutura,
surge un tímido brote que requiere
otra poda, otra usura

Porque siempre nos pasamos en la dirección contraria de la modestia, para eso tenemos un ego.

Jorge Monteleone: ¿Podés leer “El tiempo esa excentricidad”?

Hugo Padeletti: Este no es un poema fácil pero es un poema central de mi poética. No sé si es un poema bueno, aún así es central. Yo siempre una relación muy peculiar con el tiempo.

El tiempo excentricidad

de la mente, es difícil
de centrar.
Cuando quiero,
no quiere
Sólo accede
cuando no pienso.

Cuando todos los viajes
acaban en su punta,
cede el tiempo golondrina.

(… muchas golondrinas
no hacen verano…
una golondrina
a veces sí, ninguna
golondrina…)

El tiempo
(opté por observar toda venida,
toda ida)

ni pasa
ni no pasa.

Eso no es fácil de comprender pero es lo que me ocurre a mí.

Jorge Monteleone: Yo creo que ahí hay una clave de este tipo de relación con el tiempo que tiene que ver con la forma de aparición de su poesía (sobre eso vamos a hablar un poco más adelante). Quería antes preguntar sobre el contexto inmediato que tienen los poetas, que es la lengua, la relación con la lengua. Yo creo que todo poeta tiene que establecer un vínculo particular con la lengua materna, con la lengua natal o bien con una elección de una lengua extranjera. En todo caso, eso supone siempre una elección particular, genera su ritmo, su oralidad, su música e incluso produce su extrañeza. La lengua se traduce, se translitera, se extranjeriza, se extraña. A veces la lengua de los poetas suena como un idioma extranjero en su propia lengua. Por supuesto, además, los poetas se sitúan en una tradición de la poesía, de una lengua poética que tiene su historia. Todos los poetas tienen que escribir en la lengua que han escrito Darío, Vallejo, los poetas del Siglo de Oro, Neruda, Parra; es decir, una serie en la cual siempre se tienen que insertar. Siempre tienen que establecer un diálogo en cada lengua. Hay una lengua de cada poeta, hay una lengua de Hugo Padeletti, que incluso tiene rasgos muy particulares que son reconocibles como el tratamiento de los ritmos internos, el uso de la ironía, el tratamiento del espacio, de la página, la articulación particular de su dicción. Yo quería preguntarle cuál había sido su relación con la lengua materna, qué elecciones conscientes o inconscientes a esta altura puede reconocer. Me gustaría que leyera un texto que él había elegido donde estos rasgos aparecen muy evidentes, este estilo particular de la lengua de Padeletti, que se llama “Amplitud del contexto”. Quería que nos hablara un poco de esa relación con el lenguaje.

Hugo Padeletti: Yo les aclaro aquí que a pesar de que soy una persona bastante intelectual, me interesa el pensamiento y la filosofía, lo curioso es que toda mi poesía y la formación de mi poética no se produjeron por ese lado. Nunca me sentí demasiado llamado a reflexionar sobre eso, ni a explicarme a mí mismo, o a escribir sobre mi poética. No se me ocurrió nunca porque se fue haciendo con extrema naturalidad como cierta excreción del cuerpo o de la persona. Fue totalmente espontánea. Sí, claro, uno se va dando cuenta cómo funciona la cosa. Por ejemplo, yo puedo decir que nunca me interesó lingüísticamente lo popular argentino; en cambio, lo popular aparece fuerte como cultura campesina básica, aparece en las imágenes. Es una cultura que heredé por ambas ramas de mi familia, madre y padre, que son italianos venidos unos a principio del siglo XIX, otros al final del XIX, pero que trajeron una cultura de gente popular. De parte de mi madre eran comerciantes en Génova y de parte de mi padre eran pescadores en la misma costa de Génova pero trajeron esa cultura y yo la mamé de chiquito. Por otra parte, mi vida en el campo hasta los 12 años fue intensísima. Uno es como una especie de esponja que absorbe todo a través de la imagen y de las cosas que capta intuitivamente. Todo chico creo -y si es muy sensible todavía más- es una esponja. Todo eso apareció después en mi poesía pero como cultura popular. Pero yo me di cuenta que yo quería escribir poesía en la lengua culta pero no tan culta que resultara artificial. Eso da un poco de trabajo porque el lenguaje de los argentinos se aleja bastante del español de la lengua de Oro, que me gusta muchísimo. Entonces, cómo hice, no sé. Pero hay que buscar la vuelta para que lo pueda entender perfectamente un español y no sentirse molesto y, sin embargo, no tener argentinismos, ni hablar de lunfardo que a mí no me toca para nada. Yo no lo viví, no me tocó, podría haberme tocado esa o cualquier otra (cuando el chico abre los ojos después del parto no sabe, se va enterando de a poco de lo que le tocó interna y externamente).

Jorge Monteleone: En este uso de las rimas, a pesar de que no hay una recurrencia de los ritmos de los versos castellanos más clásicos, salvo como una especie de desgarramiento de esos ritmos, hay un trabajo muy sutil, constante y hasta irónico incluso con las rimas internas. Hay un trabajo de la rima, la musicalidad con estos recursos analógicos que son las rimas en una poesía absolutamente contemporánea. Yo recuerdo que en algún momento habías señalado la lectura un poco inesperada para lo que se cree de la poesía de Silvina Ocampo, que es tan lateral. Me habías comentado en una ocasión que la elección de estas musicalidades tienen que ver también con cierto descubrimiento de esa música de la poesía de Silvina Ocampo.

Hugo Padeletti: Sí, no tanto por la música Silvina Ocampo, porque es posterior a mi experiencia. Lo pensé más tarde pero no es algo que tuviera elaborado antes. Lo que sí pasa es que hay algo parecido a lo que le pasó a Silvina. Silvina tuvo una cultura de lengua inglesa y gran parte de su originalidad está en poder decir en español cosas que no se dijeron nunca en lengua española y decirlas de una manera que solamente un argentino podría hacer. Ahí está el paralelismo.

Yo voy a decir otra cosa con respecto a eso, algo muy diferente pero muy importante. Para mí la poesía tiene que fluir pero no fluir tan rápido ni tan deslizadamente que la gente resbale sobre la intensidad de las imágenes o de los significados. Hay un elemento que en otras artes se llama textura y Jorge le dio otro nombre en la introducción, que no me acuerdo, vinculado con la crítica rusa, que es muy adecuado. Es esto: yo introduzco todo ese trabajo de rimas internas, de aliteraciones para que cada palabra obligue a detenerse un poco en ese fluir. Es decir, hay un fluir pero es como con escalones de manera que obliga al estar leyendo a no deslizarse tan rápido para no perder esta imagen o este significado ya que yo concentro mucho. No uso muchas palabras, por lo general, mis poemas son casi todos cortos. Mi sistema favorito es la poda, de modo que lo que queda se supone que tiene que ser importante. Si bien yo escribo como muy fluido no tiene que ser tanto que uno pase directamente de largo. Todo ese trabajo sobre el sonido de las palabras obliga a demorarse en un fluir, no a quedarse, a estarse el tiempo suficiente para ver lo que hay que ver con el ojo de la mente, oír lo que hay que oír, captar lo que hay que captar, darse cuenta de lo que hay que darse cuenta.

Jorge Monteleone: Ahora queríamos escuchar el poema que se llama “Amplitud del contexto”. Confieso que no son órdenes, sino que el poeta había elegido previamente los poemas y organizamos la charla en torno a ellos.

Hugo Padeletti: Es un poema que tiene un título independiente del poema porque a menudo yo empiezo, le pongo el primer verso como título y después sigo porque siempre me dio trabajo titular. Una vez escrito el poema el título parece falso, parece puesto desde afuera. Creo que el título salió primero: “amplitud del contexto”. Confieso que yo muy a menudo no sé qué voy a escribir. Me doy cuenta que estoy inspirado. Yo uso esa vieja palabra “entusiasmo” que significa lo mismo porque estar inspirado para los griegos es que de una manera el dios bajó. “Entusiasmo” proviene del griego que significa “estado divino”. Son los dioses, un espíritu, entonces a lo mejor la parte más alta de uno mismo. En mi caso lo pienso así. Es como que uno está inspirado cuando su conciencia ha ascendido unos cuantos escalones en el propio psiquismo. A veces surge el título de un poema y escribo sobre eso sin saber qué va a salir, me parece que éste fue el caso.

Amplitud del contexto

Simplemente
respira, simplemente se extiende, simplemente
transcurre, simplemente
comprende.
‘Dar al texto
la amplitud el contexto’
sería interminable.
Simplemente
se saluda.

Es un pretexto
para nada
y para todo
—cada cosa
es su centro y su sustancia,
cada hueso
es el Fénix.

Las vértebras
del cuello, los sarmientos
de la viña,
el mercurio, el azufre, la vendimia
del oro son el ara:
del lares y de manes
y manidas monedas,
de ruedas de votantes con su guante
de ante,
con sus dientes
cadentes.

Sientes
el viento y piensas: —Ya pasó.
Y sabes que está aquí,
que no se ha ido.
¿A dónde
iría? ¿Cuándo?
Escalando
la cumbre
regresas a tu esfera,
bajando hacia la gruta subes por la escalera
circular
y lo enfrentas:
el otro
es un espejo

— viejo, ambiguo,
insuficiente, fuente
de experiencia confusa, de apetencias
inconciliables.
Inocencia
de Buda
de ruda,
de elefante
de carbón
de diamante
no busques.
Nadie encuentra
lo que nadie perdió.

rescatar el saludo
ritual de la prehistoria
de los gestos
es lo justo.

Elegí este poema porque sabía que íbamos a hablar sí o sí del tema textura, de aliteración, de rima, todo eso y en este poema hay una exigencia en eso: “de ruda,/de elefante/de carbón/de diamante”. Pero -como ustedes verán- no abuso, no hay un poema todo hecho así, sería realmente pesado.

Jorge Monteleone: Además creo que esa detención del trabajo con la aliteración y las rimas internas está también en una disposición. Basta leer las páginas, la disposición de estas palabras para que ellas resalten como focos que detienen este fluir y obligan al ojo -no sólo al oído, sino al ojo- a detenerse en esas palabras.

Habías hablado del entusiasmo y una palabra que aparece muchísimo en tu poesía o una actitud que está relacionada con la contemplación, esa actitud que podríamos llamar “poética”, que decías que muchas veces estaba en el centro del poema, es la atención. La palabra “atención” es un nombre que le has dado a la recopilación de la poesía reunida cuando apareció en tres tomos. La atención en un texto la tomaste de la historia de las religiones, decías que es preponderante tanto en el budismo como en textos sánscritos, chinos, japoneses, la actitud de contemplar un objeto, de tener la atención sobre un objeto e incluso, en su forma más extrema, contemplar con una conciencia pura sin objeto. Son formas de actitudes poéticas. O en todo caso, hay cierta transposición de esa actitud de las religiones en el acto de contemplar, a la atención de la poesía. Hay varios poemas sobre eso pero uno de ellos es “Atención”. Me gustaría que hablaras un poco sobre esa actitud de la atención, qué simboliza, qué significa.

Hugo Padeletti: Acá les aclaro que hay gente que cree que tengo por la importancia que le di a la atención, una capacidad fuera de lo común de atención y es exactamente lo contrario. Para colmo no soy un tipo percepctivo; es decir que a mí me gusta enormemente la naturaleza, las plantas, entro a un jardincito o cualquier lugar donde haya plantas y yo no registro, no tengo esa atención de poder captar cada cosa. Yo tenía un amigo muy querido que sí era perceptivo y al que yo recurría: ‘estuvimos juntos en tal lado, ¿por qué no me recordás que había?’ Porque yo soy intuitivo y capto el clima, capto un clima mental, afectivo, visual, color, etcétera, pero nunca detalles. Y la atención capta todo incluso detalles y los graba. De manera que a mí me ha pasado que cuando ese clima es tan interesante que me impulsa a escribir, entonces se produce en mí como un desdoblamiento y yo entro en un estado de atención, justamente, para escribir el poema, pero no es un logro mío permanente la atención.

‘Atención’

es una palabra modesta.
No relumbra
como ‘esplendor’, no implica
trascendencia, no divide
como ‘dialéctica’.
Contiene,
eso sí simultaneo
e impostergable,
el ojo del semáforo.

Lo que tiene la araña, que no enreda
su hebra, lo que tiene
el martín pescador, indefectible
sobre su presa, lo que tiene
el brote en la semilla
lo tiene,
y la delicia
sin residuo
de estar presente.
‘Aunque me río
y aunque me huelgo
no me olvido lo que tengo al fuego’.

Tiene la evidencia
del sol cuando revela
el brillo de la espuma
la sombra del enebro
el epitafio
del hombre elucubrado
por el hombre.
A su modo,
la atención hace sitio:
en una espina
de pino, las estampas
de Epinal y el encuentro
de Kurukshetra.
Vengan
a ver. ‘Aunque soy tosca
bien veo la mosca’.

(Son refranes españoles clásicos que venían a caso porque no molestan, no son españolismos para nada.)

Ahora, es esta cita
de Bradley:
‘Es así
que no-completud,
la no-estabilidad y la no satisfecha
idealidad son el destino
de lo finito’.

Al mismo tiempo,
también es la partida, el estupor
de los ginko biloba.
Desconcierta, a las puertas
de la muerte,
su alerta de estandartes
amarillos.
De pronto, la atención
se convierte en el ojo del ratón
asustado,
en el ojo del gato,
en el ojo del hombre que comprende
la situación:
es instantánea.
La atención
para el golpe.

En sí misma
descubre la palanca, halla el punto
de apoyo
y pasa al otro lado
que es éste.
‘El que sigue
la caza,
ése la mata’.

Se diría que el vasto desalojo
del Taj Mahal
—su pétrea
desmateria—
es la huella que deja.
‘Donde hay abejas
hay la miel de ellas’.
El Majjhima
-Nikaya, el Viveka
-Chudamani, el Prajna
-Paramita, el Shobogenzo
los sudó.
Son diamantes
de su diadema.

Reina como es,
no exige que la sirvan:
está quieta
bajo el árbol perfecto
y está completa.

Jorge Monteleone: Esos nombres que aparecen, esos nombre hindúes, me remontan a una búsqueda que aparece en toda la vida de Hugo. Todos los que lo han leído saben que hay un vínculo muy estrecho entre la búsqueda religiosa (no de una institución religiosa, sino una búsqueda de lo sagrado) y la poesía, una constante concatenación en ese nivel. Creo que esto está vinculado con el problema del tiempo que parece atravesado, A pesar de que es una poesía donde se trabaja absolutamente la relación con el espacio por dos motivos (por la disposición tan particular que la página tiene en la poesía de Hugo Padeletti y por su disposición como artista plástico), tiene un trabajo con la mirada como contemplador de los objetos, como artista que trabaja en relación con las formas en la plástica y en la poesía. Además de eso, hay un vínculo con lo temporal, con el espacio, con el tiempo. En relación con el tiempo, como todo poeta, tiene que darse una respuesta acerca de su relación con el tiempo. No hay poeta que no pueda escribir sin preguntarse o sin plantearse explícita o implícitamente su relación con el tiempo. No sólo Quevedo, también los poetas de los 90 tienen que preguntarse, disponer su relación con el tiempo. ¿De qué modo hablar de la actualidad, de qué modo referirse al pasado, de qué modo lidiar con la memoria? Yo creo que todos los poetas tienen una temporalidad imaginaria en juego. Y por supuesto la tiene largamente Hugo porque en él es un problema absolutamente central porque hay esta colisión de dos tiempos: el tiempo de la mortalidad, de la historia de la sucesión, del devenir (que es lo que algunos llaman el tiempo profano cuando lo oponen a otro tiempo que es el tiempo sagrado) y que está presente en la poesía de Hugo. No en todas las poesías este otro tiempo aparece, sólo puede aparecer el tiempo de la sucesión terrestre. En esta superficie de este tiempo terrenal aparece lo que Hugo llama la “eternidad del instante”, una especie de tiempo vertical, que es un tiempo que forma parte de una suma de transcendencia y que él centra en la palabra “el instante donde no transcurre ningún instante” o ese tiempo que es el no-tiempo del instante. Y lo une a una palabra “ahora”, el ahora, que no es el ahora de la vida terrenal, ni siquiera del ahora de la muerte, que es el ahora definitivo de un ahora final, sino un ahora persistente. Yo creo que eso tiene que ver con que en muchos poemas parece la palabra “ahora” y el trabajo con esta relación con el tiempo, pero tiene que ver con la experiencia personal de búsqueda religiosa. Yo quería que contara un poco esas estaciones de llegada hacia ese lugar y que leyera uno de los poemas vinculados con este problema: “Se vive en lo inseguro”, “Las palabras más suaves”, “Uno no habla de muertes en la fiesta”, esos poemas donde aparece claramente esta relación el tiempo.

Hugo Padeletti: A mí me contaron en mi casa, en mi familia, mis raíces directas, mis parientes (porque había muchas casas en el campo de parientes a las que yo iba) de actitudes contemplativas en mí que muchos chicos las tienen y las pierden, pero yo la conservé. Era un poco exagerada, llamaba la atención y estaba vinculada con objetos que tenían algo de sagrado. Por ejemplo, una vez encontré un catecismo encuadernado pero yo creo que me gustaba estéticamente, no sabía que era un catecismo. Pero al mismo tiempo era un catecismo o el libro de misa de mi abuela que lo guardaba, no quería que los chicos lo tocaran pero yo iba a buscarlo expresamente. Lo ponía en una mesa de una galería, me subía como un gato y me ponía a mirar el libro. Era capaz de estarme una hora mirándolo. Un día mi abuelo me dice “¿Qué estás haciendo? ¿Estás adorando al catecismo?” Ahí supe que era un catecismo. O simplemente, llevar al patio, a las plantas, un sillón de mimbre y sentarse. Me preguntaban qué estaba haciendo, yo decía “estoy jugando”, pero no estaba jugando a nada, me quedaba tranquilo. Yo estaba mirando, para mí era suficiente y esa es una actitud muy fuerte que se mantuvo. En la mayoría de los chicos se corta pero en mí se mantuvo. Es medio peligroso porque puede ser muy impráctico. De todas maneras, me tocó eso y lo manejé lo mejor que pude.

Jorge Monteleone: Cuando escribiste Apuntamientos en el Ashram, ¿habías estado en Ashram? ¿Cómo fue esa llegada desde la imaginación del poema hasta la llegada concreta de Ashram?

Hugo Padeletti: A mí esta actitud contemplativa me hizo darme cuenta de que yo no vivía como el común de la gente, de los chicos en el tiempo cotidiano con el reloj. Inclusive en mi infancia, en el año 30, la cosa era bastante diferente que ahora, mucho menos veloz, el tiempo no corría más rápido; o sea que nunca llamé la atención pero ya la cosa funcionaba como que yo vivía en el ahora, en el instante y ese es uno de los motivos por los cuales yo tengo bastante poca memoria objetiva, real. Mi memoria es más memoria interior, una memoria afectiva. Eso me creó problemas de adaptación que los fui resolviendo paso a paso, nunca pasó nada grave. Esa tendencia me hizo sentirme atraído, vinculado, parecido, semejante a poetas como Fray Luis, por ejemplo. Uno de los poemas que me gustó ya desde la escuela secundaria es la famosa oda tomada de otra de Horacio:
¡Qué descansada vida
la del que huye el mundanal ruido
y sigue la escondida
senda por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido!
Eso lo leí muy temprano, en la escuela primaria y a mí me fascinó. Fue como para otros descubrir una novela de aventuras maravillosa, que yo también conocía, que me entretuvieron pero no me causaron esta impresión tremendamente honda de revelación, de vocación como pasó con Fray Luis. ¿Y no San Juan de la Cruz? No, porque yo no soy tan místico como San Juan de la Cruz. Yo lo leí a San Juan de la Cruz y casi me quemo, pero me siento más cómodo con Fray Luis porque Fray Luis no aspira a la santidad. Realmente la poesía de él está en la estética mística y está en una posición más estoica o a veces epicúrea, la posición de la antigüedad, sin que por eso deje de ser un buen cristiano pero se notan otras tendencias.
Jorge Monteleone: No me contestaste. ¿Por qué aparece la figura del espacio religioso del Ashram antes de estar?
Hugo Padeletti: Porque a mí me interesaba todo lo que era sacro pero yo no tengo pasta de investigador nunca la tuve, entonces yo no iba a investigar libros y tratados, etc. Por ahí hurgaba y descubrí un libro de Romain Rolland sobre Ghandi que lo leí en la Biblioteca Argentina de Rosario. Encontré allí la referencia al Ashram y no aclaraba mucho lo que era. Me pasó como muchas otras cosas, como el gato me sentaba a contemplar la palabra para ver qué salía, qué me decía a mí y me di cuenta de que decía mucho y lo tomé simbólicamente, antes de saber nada, como el nombre de un espacio interior. Inclusive a mis primeros poemas yo les puse como nombre “Apuntamiento en el Ashram”. Con ese título se los entregué a un poeta que conocí en Amigos del Arte y que después fue mi maestro en muchas cosas, que fue Arturo Frutero, que los guardó celosamente porque a él le había gustado mucho y yo me olvidé de ese título. Cuando publiqué en Carmina no me acordaba que yo los había llamado “Apuntamientos en el Ashram”. Cuando murió Frutero, la hermana le pasó los poemas a un amigo en común que era un profesor de Historia en la facultad y me dice “Hugo, acá en los papeles de Arturo hay unos poemas tuyos con el título Apuntamientos en el Ashram”. Yo ahí caí y qué lástima que me haya olvidado. Mis olvidos son permanentes. Entonces, cuando reedité los poemas de esa época -que los rearmó en hermosa edición Nilda Rosenberg- le pusimos Apuntamientos en el Ashram con una foto en la tapa de Hugo Padeletti en esos años mirando una especie de aloe vera, en el campo en la casa de mi primo.
Jorge Monteleone: ¿Podés leernos algún poema de esa relación con el tiempo y con el ahora? “Se vive lo inseguro”, por ejemplo.
Hugo Padeletti: Éste tiene que ver con eso y además con la importancia que tuvo en su momento. A mí me decían que yo no pertenecía ningún “ismo” en los que se ubicaron los poetas argentinos. No, realmente me sentía aislado, nada que ver con el surrealismo y acá predominó el surrealismo. Sí tiene que ver mi poesía con la lectura de los poetas simbolistas, en particular los que me gustaban. Y yo diría que un poquito más atrás del simbolismo, porque para mí el primer simbolista no es de ninguna manera Baudelaire. Las historias de la literatura, por supuesto, le dan ese lugar pero para mí ese lugar lo cobró bastante antes en el final del romanticismo el autor de “El desdichado”, Gérard de Nerval, que para mí es el primer simbolista. Todo el simbolismo está en las quimeras de Gérard de Nerval. Incluso el poema “Correspondances” de Baudelaire sale de Nerval, nunca se dijo. Por qué, no sé.
El último verso del poema –por eso dije todo esto- es un famoso verso de Mallarmé a quien yo a los 17 pretendí traducir y traduje los sonetos que son dificilísimos. No son malas traducciones.

Se vive en lo inseguro,

simplemente es ahora.
La Utopía
son los cuernos del cisne que se desliza ahora
entre las plumas de Palmira.

Ilusión y memoria
desilusión y olvido
la pátina o el brillo
del bronce
son ahora;
el ahora
del baobab,
el ahora
de la polilla.

Ahora es el anillo
de bodas —el aumento
en el descuento.
Ahora es el momento
del ojo
en la estrella polar y en el gorgojo
de la harina.

Ahora el tiempo ataca
su instrumento:
es el momento
naciente.
Hay un olor
mordiente de alcanfor
un asalto de júbilo o de dolor,
en el instante despierto
incandescente.
Sí,

‘Le vierge, le vivace et le bel aujourd’hui’

Jorge Monteleone: Ya no nos queda mucho tiempo pero quería que leyeras otro poema de esta serie que has elegido y para terminar luego quería que leyeras algunos poemas de los poemas “objetivistas”, que me gustan mucho dedicado a los limones. Quería que leyeras “Las palabras más suaves” y luego pasamos a los poemas de los objetos para que podamos terminar con nuestro encuentro.
Hugo Padeletti:

Las palabras más suaves

producen escozor. Si se apuran los nombres,
lo otro, innominado,
se libera,
corroe
y en el acto recrea:

no se sabe
si nueva nube o ave o avería
mortal,
ni dónde, ni pasado
qué punto
es peligroso.

Los esbozos
de inteligencia extrema que asediamos
—en espejos— son vasos

del vacío.
Jorge Monteleone: Como final, a pesar que tenemos otros temas para desarrollar, quería mencionar cierto encanto que tiene la poesía de Hugo Padeletti con las cosas, con los objetos culturales pero también con las cosas en el mundo. Esto era algo que a los poetas más jóvenes a finales de los años 80, comienzo de los años 90 ha fascinado porque coincidía también con una poética que, en ese momento, establecía una nueva relación con la mirada, la mirada sobre los objetos y el mundo. Me parece que, incluso, hubo una trascendencia del objetivismo y por eso quiero que lea esta serie de poemas que son tan encantadores al mismo tiempo que tan deliciosos y tan austeros para ver cómo la mirada de las cosas se transfigura. En la poesía de Hugo yo creo que la visión del objeto pasa hacia otro lado, hacia otra cosa. El objeto es el indicio para pasar a un espacio que es otra vez un espacio sagrado o un espacio donde las cosas se transforman, se modifican. Los limones, el limón por virtud de la rima, por esa transformación que la rima produce se transforman en dragón. Los limones del limonero de la poesía de Hugo se transfiguran en dragones y quería que leyera una serie –no toda por supuesto porque es bastante larga- de estos poemas. Así como Wallace Stevens hablaba de estas formas de mirar a un mirlo, estas son las distintas formas en que Hugo Padeletti mira un limón.
Hugo Padeletti: Me pusiste un poema que yo le dediqué a mi maestro de pintura Juan Grela por esa capacidad que él tenía de darle mucho sentido a lo simple porque también lo era en la vida privada. El poema se llama “Pocas cosas” y está dedicado a él en el libro.


Pocas cosas

y sentido común
y la jarra de loza, grácil,
con el ramo
resplandeciente.

La difícil
extracción del sentido
es simple:

el acto claro
es el momento claro
y pocas cosas—
verde
sobre blanco.
Ahora vienen unos fragmentos de un largo poema que escribí que se llama “Limones” que son las variaciones sobre los limones que están sacadas todas las experiencias de esa cultura popular italiana de la que yo les hablaba.

No sé si el limón me mira o lo miro. Cuando poso la mirada, sospecho que hay un antes y un después que se guarda. Mi mente lo concierta: ovoide, mondo… Y sin embargo, antes, era otro. Cuando el limón reposa en el plato de loza, lo modela la luz. Hay una sombra proyectada y sombras que revelan su escultura cerrada desde el verde amarillo con orillo de su flama, hasta un polvo ceniza que no tapa lo brillante de abajo con su capa. Sólo a la luz del sur el limón amarillo muestra su gradería de innombrable alegría. Descubro su arco iris amarillo que a veces se revela o se recata. Va desde el verde amarillo al amarillo naranja, encubriendo en el verde la distancia del azul que se evade en el naranja, la imponencia del rojo que se inhibe. En la sombra el violeta amaga y se retira y otra vez se repliega cuando vuelvo del amarillo. Hay blancos en el blanco de la loza que resalta la sombra del dragón que desciende y se posa. No sé qué preferir si el limón en el cuadro o el limón en el plato, si la dicha del pensamiento dicho o la sospecha del no pensado. Un limón en el plato es compañía, dos limones es diálogo, tres limones distintos armonía que no cansa de lo uno en lo vario. No tuve miedo a la oscuridad porque había en el plato de peltre tres limones como tres protectores dragones en el centro de la noche. Un limón con sus hojas es blasón para el ojo, es un huevo dorado de dragón en campo de sinople. Las hojas del limón no se describen, su lisura, su brillo y su verde hermosura se perciben. Limonero fragante de todo el año nunca falte enfrente o en el patio. Pagoda de los seres alados siempre tiene dragones amarillos colgados.
Jorge Monteleone: Con esto terminamos y le agradecemos a Hugo Padeletti este recital de poesía y estas palabras sobre su propia experiencia. Les agradezco mucho a ustedes su presencia y nos vemos en la próxima reunión poética.

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