Paisajes políticos

El diálogo entre William Ospina y Horacio Castellanos Moya en Filba 2008.

Uno de los paisajes que se recorrieron en la primera edición de Filba fue el paisaje político. Con la presencia de William Ospina (Colombia) y Horacio Castellanos Moya (El Salvador) se dio un diálogo sobre literatura y política, con la moderación de Matilde Sánhez.

Además de destacados exponentes de la literatura actual –William Ospina acaba de ganar el Rómulo Gallegos–, ambos autores tienen un claro compromiso políticamente. Ospina, escritor, poeta, ensayista, ha trabajado la política en numerosos textos –ha abordado, por caso, la historia de la colonización en la novela Ursúa–. Castellanos Moya sufrió el abuso del poder político al tener que exiliarse tras la publicación de la novela El asco.

paisajes politicos

Matilde Sánchez: Quisiera preguntar, William, si lo político es una reflexión acerca del presente, un desafío, una denuncia o una queja, ¿creés que tu tríptico es político? ¿Qué tipo de política hacés cuando estás narrando el espanto de un villano en la conquista?

William Ospina: La política me interesa mucho, y no tanto como una tensión entre fuerzas que luchan por el poder cuanto por la posibilidad de convivencia y por la posibilidad de existencia de una civilización, de un orden humano posible. Toda la historia de América me plantea preguntas políticas en ese sentido: qué tanto hemos construido una civilización, qué tanto impera aquí realmente la ley. Desde hace mucho tiempo lo que escribo en la poesía, en el ensayo y ahora en la novela, tiene que ver con una pregunta sobre la lengua, sobre por qué hablamos una lengua que no nació en nuestro territorio y qué tanto se parece esa lengua al mundo en que vivimos porque me parece que de eso dependen muchas cosas. Siempre recuerdo los versos harto políticos de un poeta africano, que decía: “sienten ustedes este sufrimiento y esta desesperación que no tiene igual, de domesticar con palabras de Francia este corazón que me dio el Senegal.” Siempre me pregunté para nosotros qué tanto existía un drama similar; qué tanto la lengua que hablamos expresa realmente lo que somos, qué tanto hablamos una lengua prestada que nos dejaron los enemigos, cómo se dio eso y qué tanto los escritores latinoamericanos contamos con una lengua propia para hablar del mundo en que vivimos. Esta pregunta tenía seguramente mayor gravedad anteriormente; ahora vivimos en una época de crecientes fusiones y mezclas en donde ya no es tan extraño que haya que nombrar el mundo con una lengua que llegó de otra parte, y donde, a parte, la lengua española a sufrido muchísimas transformaciones en nuestro continente e incluso podría decirse que ha llegado a convertirse en una lengua americana.

Matilde Sánchez: Efectivamente se ha convertido en una lengua americana, porque quinientos años después no sigue siendo de España. Además, si pensamos en la cantidad de hablantes son muchos más los latinoamericanos, y las lenguas indígenas dejaron su marca en eso.

William Ospina: Creo que mucho; y porque las presiones del poder tienden a deformar los hechos de la cultura, hasta hace algún tiempo se pensaba que España todavía formaba una especie de mitad de la lengua española, y que la otra mitad la formaba el mundo americano. Ahora no padecemos de esa ilusión y sabemos que España es una de las veinte provincias de la lengua y que el centro de gravedad de la misma cambió hace mucho tiempo, más de un siglo sin dudas.

Matilde Sánchez: Horacio, ¿cómo te cuadra la misma pregunta que le hice a William? El Asco, un diálogo/monólogo de un contertulio en un bar (Moya) con su amigo (Vega), y es una diatriba contra el Salvador donde se demuele prácticamente todo. Este texto tuvo tantas implicancias políticas que te obligó a exiliarte. Sin dudas viviste las consecuencias de la lectura política de un libro, pero quisiera que nos cuentes su tuviste intenciones claramente políticas al hacerlo o si fue simplemente una suerte de válvula que se escapaba.

Horacio Castellanos Moya: Creo que hay dos niveles. Uno es el de ese libro preciso. Pero en términos generales yo no me propongo hace una narrativa política. Considero que la novela política no es un género o subgénero desarrollado en la literatura latinoamericana en plenitud. Es un género que se desarrolla más en otras literaturas, como por ejemplo en la del mejicano Luis Spota. Creo que la novela política refleja tramas en las que se hace énfasis en la lucha por el poder y en reflejar las fuerzas que participan de esa disputa. Mis novelas tienen un paisaje político atrás, que por supuesto infecta a los personajes.

Matilde Sánchez: La última, Tirana Memoria, es muy política.

Horacio Castellanos Moya: Claro, es un golpe de estado. Pero lo que a mí me apasiona, a parte de la política, es toda la transformación del personaje, los aspectos estrictamente literarios. Digamos, para escribir política hago periodismo. No me planteo la literatura como un sustituto para escribir textos políticos. Pero hay lecturas y lecturas. En el caso de El Asco, éste fue escrito y publicado en un país que estaba saliendo de una guerra civil. Se trata de un texto muy de franco tirador que dispara en todas direcciones, ataca todas las fuerzas y la cultura nacional, en un momento en el que las susceptibilidades eran muy altas. Es esperable que en ese contexto hubiera una lectura tan susceptible; se acababan de dejar las armas y se hacía el intento de hacer política. Evidentemente cuando un escritor se forma en un ambiente político, como yo, la política está siempre presente aunque uno no se proponga escribir una novela política.

Matilde Sánchez: Incluso, quizás, la primera lectura es política. Esa es una marca muy latinoamericana, tal vez porque es un continente en el que la política tiene mucho dramatismo y al respecto hay muchas cuestiones irresueltas.

William Ospina: Yo creo que toda obra literaria tiene una lectura política; eso es inevitable y va más allá de las intenciones del autor. Inclusive puede ser ideal que el escritor no tenga propósitos políticos, así será más natural la pertenencia de su obra a un horizonte político. Creo que a lo largo del tiempo se han hecho lecturas políticas de todas las obras literarias. Es decir, hasta la Divina Comedia es un texto político, la Odisea lo es. Lo que sí sería preciso diferenciar un poco son las obras que tienen un evidente propósito político, que no necesariamente son las que tienen un efecto político poderoso, y las obras que simplemente reflejas épocas, momentos históricos, circunstancias. La política es algo muy amplio y difuso. Como decía Chesterton, toda persona culta debe interesarse por la política porque es lo único que es tan intelectual como la enciclopedia británica y tan movida como el Derby. Para mí, la política está siempre presente y no hay obra que yo escriba que no tenga un trasfondo político, pero no es la única ni la más importante intención. Un escritor inglés decía que un literato no debe buscar la belleza pero se entiende que ha fracasado si no la encuentra. Yo entiendo lo mismo de la política: no hay que buscarla, pero una obra ha fracasado si no tiene que ver con ella.

Matilde Sánchez: Quizás tendríamos también que diferenciar la política, que sería, como señalaba Horacio, la pugna por el poder o los temas en torno al acceso al poder, de lo político, que de alguna manera está en todo. Además se mezcla mucho la biografía. Por ejemplo, La habana para un infante difunto (Guillermo Cabrera Infante) no es tanto un texto político, pero la melancolía del autor treinta años después de no haber podido volver a Cuba termina convirtiendo al texto en una obra sobre el exilio.

Horacio Castellanos Moya: Respecto de eso yo repetiría la idea. Lo político está presente en todo. El libro de Cabrera Infante es una iniciación la vida, es una educación sentimental del personaje; y si hacemos una lectura desde los años previos al Castrismo y a la caída de Batista podemos hacer una interpretación política, pero lo que él hace como escritor es recrear e imaginar lo que perdió. Inevitablemente en las obras de escritores provenientes de sociedades donde la política no ha resulto el establecimiento de un juego aceptado por todos lo político emerge con fuerza.

Matilde Sánchez: La globalización y concentración de la industria editorial es uno de los grandes temas de política cultural. Y creo que hay una suerte de estereotipo internacional que constituye a la literatura latinoamericana en literatura política, como si fuera un requisito para ser traducido y globalizado. De hecho, desde el siglo XIX la literatura latinoamericana fue efectivamente política. Sin ir más lejos, Sarmiento. La literatura nace y los escritores se especializan en la política, son fundadores de Estados. Tal vez haya una suerte de inercia de eso. ¿Dirían ustedes que la política es algo que se le pide a la literatura latinoamericana?

William Ospina: Creo que sí. Hay ciertos escenarios en los que la expectativa política es más intensa que en otros; y a veces también, desafortunadamente, invade casi totalmente el escenario. Yo buscaría un ejemplo: la Divina Comedia a lo largo del tiempo tuvo distintas lecturas. En una época se la leía desde una perspectiva teológica, y era la interpretación del cosmos desde la edad media. En el siglo XVIII la perspectiva histórica se volvió más importante y se focalizaba en la época de Florencia, los güelfos y los gibelinos, los negros y los blancos, las luchas por el poder que Dante mostraba, él mismo como miembro de uno de los partidos en pugna, como exiliado y como hombre político. Después hubo lecturas psicológicas en las que el énfasis recaía sobre el carácter de los personajes, de sus expectativas, de la actitud que asumen los unos sobre los otros. Finalmente, el siglo XX posiblemente haya privilegiado una lectura estética de la obra en la que lo más importante es buscar las maneras del lenguaje de Dante como creador de una lengua o, más bien, como el que estableció el estatuto de una lengua moderna, sus metáforas, sus maneras de construir un mundo fantástico a raíz de un mundo real. Lo que quiero decir con esto es que hay muchísimos componentes en una obra literaria, pero hay épocas que ponen más el énfasis sobre la lectura política. La nuestra, estimo, es una época muy politizada; al punto que hasta podría decir que el alto tribunal del Premio Novel de Literatura tiene un sesgo muy político a la hora de entregar sus trofeos, de manera que nos cuesta trabajo evadir ese ámbito político. Pero es una lástima que los otros matices y costados de las obras tiendan en perderse en esa única dimensión.

horacio castellanos moya

Matilde Sánchez: ¿Considerás que hay un mayor requerimiento de cumplir con algún tipo de militancia política específicamente para la literatura latinoamericana? O sea, nadie le pediría a un escritor norteamericano que escriba sobre el desastre que fue la presidencia de Bush, porque hay una mayor autonomía en la literatura estadounidense o tienen el tema político, de alguna manera, más resulto.

William Ospina: No lo sé. Con respecto al puro presente es difícil situarse en esas sociedades. Pero si tomamos la literatura francesa de hace treinta años o cuarenta años, las polémicas entre Sastre y Camus tenían todo que ver can la política e incluso con la militancia. Continuamente surgen en lugares como Alemania, con Günther Grass, o Checoslovaquia, con Kundera, debates sobre la militancia política de los literatos. Respecto de Estados Unidos, no conozco tanto el interior de esa sociedad pero, en otros momentos a los que es posible ver en perspectiva, pienso en personajes como Fitzgerald o Hemingway y creo que una valoración política de lo que hicieron se hace siempre presente.

Matilde Sánchez: Horacio, ¿sentís por parte de las editoriales y del público que lo político es un requisito para la literatura latinoamericana?

Horacio Castellanos Moya: No siento que sea tal. Es interesante que mencionaras a Sarmiento porque me parece que no nos estamos refiriendo tanto la presencia de lo político en la literatura sino a la presencia del escritor involucrado en política. Ese es un modelo que se mantuvo en Latinoamérica por más de un siglo y me pregunto si está perdiendo vigencia, o si no la ha perdido totalmente…

Matilde Sánchez: ¿Dirías que la perdió, William?

William Ospina: No lo creo.

Horacio Castellanos Moya: Yo me lo pregunto. Es decir, el último candidato a presidente y militante partidario que recuerdo fue Sergio Ramírez, pero no recuerdo escritores de los cincuenta que tengan una militancia partidaria, que peleen por el poder. Puede que haya y que uno no los conozca, por supuesto, porque las relaciones de conocimiento no son tan rápidas en Latinoamérica.

Matilde Sánchez: Tampoco esos intelectuales hablan tan claro. Pueden definirse o se definieron históricamente como activistas políticos de izquierda, pero eso no hablaba de su filiación partidaria. A veces ese dato se conocía recién después de muertos.

Horacio Castellanos Moya: Es que no me estoy refiriendo estrictamente a lo intelectual, porque uno puede ser un intelectual que da una idea política desde una posición de independencia, con un criterio de independencia y aportando al desarrollo político y social de la sociedad. Pero es distinto cuando se participa en política, porque el modelo del escritor militante fue muy latinoamericano. Si bien hay casos, fuera del continente no siento esa presión. Para ciertos escritores de la generación que me precedió la presión para la traducción podía ser hacia cierto realismo mágico o cosas así, más que el factor político per se; pero esta es una apreciación muy personal que no se basa en la lectura de ningún estudio que asevere esto.

William Ospina: Yo quisiera hacer una observación respecto de ese punto. Por supuesto que el ámbito de lo político excede el ámbito de la política partidista o de grupo, pero también cabría pensar que, si bien es cierto que en los últimos tiempos no hay tantos escritores interesados en la lucha por el poder, también el desencanto con el poder es la expresión de una idea política. Tener escepticismo frente al poder, mirarlo con desprecio o desgano es una actitud tan política como la lucha por él.

Matilde Sánchez: Me interesaría establecer una diferencia que establezca el marco con el cual estamos hablando. Por un lado, está lo que se conoce como intelectual crítico, que no necesariamente tiene que estar luchando por el poder. Por ejemplo Carlos Fuentes es un autor que pasa de novelista a columnista de opinión con una fluidez sorprendente y admirable. Eso también lo ha hecho García Márquez, aunque tal vez lo juega de otra manera por su amistad con Fidel Castro que presupone todo lo demás.

William Ospina: Sin ir más lejos tenemos el caso de un muy importante escritor que entró en la lucha por el poder hace no mucho, que es Vargas Llosa. Y si bien no pertenece a nuestra generación, es muy cercano a nosotros. Es muy posible que en nuestra vida contemporánea de América Latina haya dos clases de escritores que no participan en política. Por un lado, los que no participan en política por una posición política abierta, militante, crítica o escéptica frente al poder; por el otro, los casos menos frecuentes de quienes no se interesan por la política y por asumir una posición frente a ella, que piensan que basta con encerrarse en el ámbito de lo puramente estético y creativo.

Matilde Sánchez: Si tuviera que contarte cómo es acá, reina no un pasotismo sino un escepticismo a toda prueba. Es la posición de quien ha visto la candidez con la que los escritores argentinos entraron en la militancia, las equivocaciones y las lecciones de la historia. ¿Cómo dirías que es en Colombia, donde se juegan temas de extremo dramatismo como el de las FARC o la controvertida presidencia de Uribe?

William Ospina: Creo que si bien los intelectuales colombianos participan a veces de la vida política y social mediante artículos en periódicos o formando cartas de adhesión o rechazo a determinadas cosas, muy pocos aceptan afiliarse a partidos políticos y asumir posiciones muy definidas respecto a la lucha inmediata por el poder. Si hablo de mi caso personal, a mi me interesa más soñar otros modelos de sociedad y participación que una mera adhesión. Tal vez, si de algo son conscientes los escritores e intelectuales, es de la pequeñez de miras de la política contemporánea. Parece que la política del debate, los ideales, las ambiciones, las propuestas y los grandes temas, ha caducado. Hace veinte años existían aún con nitidez modelos que han hecho agua en estos últimos tiempos y ante los cuales no han surgido otras propuestas alternativas. Así que cada quien rastrea en su horizonte mental de qué manera participar de la sociedad, pero no es una época fácil para encontrar algo a lo que valga la pena adherir.

Matilde Sánchez: ¿Cómo es esta situación en Centroamérica? ¿Hace cuánto que no volvés al Salvador? Contanos también un poco tu recorrido en el exilio.

Horacio Castellanos Moya: La situación en Centroamérica no es distinta a la de los demás países. La idea que tengo es que este nuevo momento histórico se enfrenta ante una separación muy tajante entre lo político y la idea del aporte intelectual de los intelectuales para desarrollar las sociedades. Hay un ejemplo muy concreto: hace quince días hubo una cumbre en San Salvador con presidentes latinoamericanos y el rey de España; inauguró la cumbre un mariachi y el evento principal fue de Shakira y otro cantante de ese mismo estilo. Me quedé pensando: ¿a ese nivel estamos?

Matilde Sánchez: ¿Qué lectura le das a eso? ¿De política vaciada de contenido?

Horacio Castellanos Moya: Si, claro. Ya no es sólo que la democracia no es épica sino que está bastante vacía en términos de ideas, como si ya todo estuviera establecido y lo único que hubiera que hacer es administrar la cosa pública. Antes de la caída del muro de Berlín las cosas parecían estar mucho más claras, dónde podría estar el progresismo, dónde podrían ubicarse las distintas opciones; pero ahora el escenario es bastante confuso y ya ni siquiera hay el mismo entusiasmo por parte de los intelectuales de participar en ese debate sobre la cosa pública, cosa que se conjuntamente con la descomposición de las elites políticas, con la corrupción, con la sujeción a los intereses corporativos, etc. Entonces pareciera ser una época del cinismo y la indiferencia.

Matilde Sánchez: ¿Coincidís? ¿En Colombia se da también todo esta situación encuadrada en el derrape del pensamiento utópico?

William Ospina: Es curioso, porque esto ocurre en una época en la que no pueden ser más grandes los desafíos para la humanidad. Pero si uno se pregunta quién está liderando la crítica al modelo imperante en el mundo y la búsqueda de caminos y alternativas para la civilización, no podríamos estar seguros de que fueran los intelectuales; filósofos y artistas, no tienen el protagonismo que en otra época tuvieron. Tan curioso es esto que desde donde menos se lo espera surgen las posiciones más firmes o más visibles para enfrentar los males.

Matilde Sánchez: ¿Dónde lo ubicás exactamente? Pensaba en los globalifóbicos; la euforia del movimiento anti-global se diluyó o esfumó totalmente.

William Ospina: Hay que tener en cuenta que también en estos momentos hay una gran capacidad de los poderes del mundo de recoger, asimilar, rehabilitar y manejar todas las expresiones críticas. Yo pondría el ejemplo del calentamiento global, que parece haber sido capturado y privatizado por Al Gore y convertido en una lucha de un partido político norteamericano. Admiro mucho que alguien como Al Gore asuma esta lucha, y se supone que va a lograr efectos poderosos en la nueva administración. Me llamó la atención que Obama dijera en su discurso de victoria dijera con tanta con tanta claridad lo que son los principales desafíos de su administración, que dijera que son dos guerras, la crisis financiera y un planeta en peligro; eso era tener las cosas claras. Pero señalo que no hay un liderazgo de la intelectualidad frente a este momento crítico de la civilización, y no se si esa falta de liderazgo se debe a la falta de ideas y propuestas o a la falta de acuerdo, de aproximación, de debate público, tal vez por el hecho de estamos frente a unos muy poderosos medios de comunicación que deciden qué se oye y ve en el mundo y qué no, cosa que redunda en que cuestiones del foro social como las que señalas surjan y se apaguen como bengalas.

Matilde Sánchez: Quisiera recordar un ensayito luminoso de Juan José Saer: para mi la patria es la infancia, para mi la patria es la lengua. ¿Qué resonancia tiene para ustedes esa palabra? Lo pregunto en relación con la tradición de las literaturas nacionales en momento de fluidez entre países o de integración latinoamericana sin precedentes. Incluso en el descubrimiento de la operación Plan Cóndor, donde tres gobiernos se ponen de acuerdo para trasparentar cómo funcionaba la represión en el cono sur. Es cierto, después canta Shakira, pero la integración de hoy es muy importante: existe el MERCOSUR, la Comunidad Andina, etc. ¿Siguen pensando en las tradiciones literarias nacionales? ¿Se piensan a sí mismos dentro de la lengua? ¿Cuál es la pertenencia en la que se imaginan?

Horacio Castellanos Moya: Creo que en esta cuestión de la literatura nacional, la lengua y el sentido de pertenencia mucho depende de a dónde procede uno. Yo procedo de una periferia de la periferia. Eso no significa que no haya una tradición literaria en el Salvador; la hay, por supuesto. Pero su peso no es el mismo que el que tienen las de otros países más grandes y con mayor desarrollo de la plataforma cultural desde la cual se expresa tradición literaria. Entonces, en lo personal, estoy más engarzado con la lengua que con un debate en términos de la tradición nacional. En primer lugar porque no estoy adentro desde hace once años; y en segundo lugar porque he estado moviéndome con una vida muy nómada, y donde no se habla mi idioma no se me plantea un problema desde lo nacional sino desde la lengua.

Matilde Sánchez: Bueno, pero ¿la región no reemplaza en tu caso?

Horacio Castellanos Moya: Claro, pero para mí el castellano es Latinoamérica, no el Salvador.

Matilde Sánchez: Bueno, pero poder centrarte sólo en Centroamérica, o en Méjico, donde viviste tanto tiempo y que tiene una tradición fuerte.

Horacio Castellanos Moya: Eso es una percepción personal. La mía indica que me muevo constantemente por una región que va desde Méjico a Costa Rica; hay ciertas fronteras y perfiles nacionales, pero el patrón, el grueso, el patrón cultural es el mismo. Cuando llego a la ciudad de Méjico esa es mi capital, San Salvador es mi ciudad-provincia. Es distinto si estoy en Frankfurt o cualquier otro lugar donde el referente se hace la lengua, donde te sentís lejos y ves las contradicciones culturales. Y ahí sí la frase de Saer, que es una frase de Canetti, escritor que nace en Bulgaria, tiene muchas lenguas y finalmente opta por el alemán. A esta lengua tan inmensa que tenemos los latinoamericanos la siento yo como un factor de identificación, de patria.

Matilde Sánchez: ¿y tu relación con las literaturas del cono sur? Estoy aquí participando de un homenaje a Bolaño…

Horacio Castellanos Moya: Que padecía el mismo problema: un chileno que deformó en mejicano y escribió en España sobre Méjico. Hay un sentido de pertenencia más grande, que Bolaño lo expresa de maravillosa manera. La sensación de región “amplia”, para mí es natural. Probablemente será muy distinta para un autor que ha pasado toda su vida centrado en la tradición nacional.

william ospina

Matilde Sánchez: Finalmente no hay nada más político que la diáspora, entonces. ¿Cuál es tu visión sobre esto, William?

William Ospina: Yo siento varias cosas a la vez. Esta es una época en la que se nos predica y se nos impone la globalización. No podemos ignorar al mundo y nuestra memoria personal como escritores ya o está llena exclusivamente de una tradición nacional o regional. Creo que no hay un solo escritor en Latinoamérica que se limite a leer exclusivamente los autores de su tradición local, ni continental, ni de su lengua. Creo que en esta época nadie niega la posibilidad de entrar en relación con el Islam, con la kabalah, con las tradiciones indostánicas, con la poesía china o las leyendas africanas. Pero eso tampoco creo que signifique que perdamos el horizonte que define a qué pertenecemos. Estamos enriqueciendo la mirada que arrojamos sobre el mundo y nosotros mismos con todas esas tradiciones que se cruzan y llegan con esas voces, tonos, ritmos, metáforas. Pero creo que a la hora de escribir es posible que haya quien aspire a ser universal, como lo pretendían los romanos antiguos, pero siempre recuerdo una frase de T. S. Elliot que decía: “nadie se da al universo mientras tenga otra cosa a la qué darse”. Es que el universo es demasiado basto y demasiado difuso como para que uno pueda decir que es universal, que es del universo. Somos pájaros que anidamos en nidos más pequeños de árboles más definidos, y el hecho de que escuchemos lo que dicen todos los vientos no significa que edifiquemos en aire, como dice un verso de Apollinaire. Creo que estamos más abiertos a la circulación de las ideas, ritmos y lenguajes del mundo, pero eso no nos hace menos locales. La historia de la literatura, al menos hasta ahora, es una historia de literaturas locales. Me parece tan local la obra de Homero, como la de Dante y la de Shakespeare, y no deja de asombrarme que la gran obra de la modernidad y la cosmópolis urbana, que es el Ulises de Joyce, sea tan local a la ve que un diálogo del lugar y el mundo. A lo mejor la globalización no podrá pasar de ser un diálogo de este tipo con el cual nutrirnos para tratar de descifrar mejor esos sitios en los que arraigan los sentimientos y la memoria personal.

Matilde Sánchez: Quisiera agregar a lo que decís, que considero cierto, que la literatura fue siempre el terreno de lo universal; o sea, no necesita globalizarse porque siempre lo fue. Tomemos el ejemplo que diste antes de la Divina Comedia: se la puede rastrear en Ossip Mandelshtam, en un poeta ruso perseguido en el stalinismo que muere en el gulag; su propia obra puede ser leída a la sombra y en espejo a la del Dante como gran exiliado y perseguido. Respecto de las tradiciones, no se si están al tanto de lo que sucede en argentina, pero aún negadas, las tradiciones literarias siguen gravitando; o al menos los patronos de la literatura. Borges gravitó durante treinta años en la literatura argentina, no sólo desde la polémica Borges-Cortázar, en la narrativa hubo una interdicción de representar la lengua coloquial. Durante muchos años nadie escribió diálogos porque Borges o no los usa y si lo hace son muy estilizados; también se podría nombrar la fatal ausencia de sexo. Se trata de temas no cultivados por mucho tiempo. ¿Gabriel García Márquez sigue siendo una figura que divide las aguas de la escritura en tanto figura colombiana “universal”, por decirlo de alguna manera?

William Ospina: Si bien las obras de todos estos autores que nos precedieron en el uso de la palabra pueden llegar a ser vistas como un obstáculo, yo las veo como puertas que se han abierto. Rulfo, Reyes, Borges, Neruda, García Márquez, han llevado la lengua a increíbles niveles; inclusive creo que esas voces latinoamericanas son las que más profundamente marcan la modernidad de nuestra lengua y su apertura a los distintos horizontes del mundo. No creo que ningún escritor latinoamericano pueda hoy escribir sin la consciencia de que estas voces pasaron por la lengua, la modificaron y enriquecieron. Nos han dejado el desafío de alzar vuelo en otra dirección, sin dudas, pero negarlos o verlos como obstáculo es ser en cierta manera indignos de la noble tarea que realizaron. García Márquez en Colombia representa efectivamente una voz mayor pero, una vez más, nadie tiene por qué sentirse encerrado en el ámbito de su tradición, por lo que nadie tiene que escribir contra sino después de él; el desafío está puesto en cómo establecer el diálogo entre el mundo literario acierto ante nosotros y la experiencia personal que nos hacen ser fatal y mágicamente seres situados en la propia experiencia.

Horacio Castellanos Moya: Una cultura se construye a partir de inclusiones, no de exclusiones, y en ese sentido cada nueva generación siempre es un ir más allá. Si la generación precedente ha hecho una obra de gran envergadura, eso plantea un reto aún mayor. No me parece interesante definirnos por la negación de lo que te está dando el sustento. La literatura latinoamericana, con todas estas voces que mencionaba William, evidentemente tiene un grado de madurez, de desarrollo, de diversidad fascinante.

Matilde Sánchez: ¿Coincidirías con la visión de él, que no ve un futuro fuera de lo local? Porque por un lado la literatura latinoamericana es casi una góndola de supermercado, como si no hubiera regiones, familias o linajes…

Horacio Castellanos Moya: Es que toda literatura se construye desde lo local. Es así. Llevo muchos años viviendo fuera del Salvador y sigo escribiendo sobre él. No puedo evitarlo. Me sigo moviendo en las calles que transité en los ’80 y sigo viendo la realidad que vi, aunque ésta sea distinta, porque es la realidad que tengo en mi memoria. Esta dinámica de sumergirse en lo local y al mismo tiempo engarzarte en lo que sucede en el planeta es propia de la gran literatura.

Matilde Sánchez: Yo daría por terminada mi parte en esta conversación, que me encantó, para dar espacio al público, si es que tienen preguntas o comentarios, para que los realicen. Paso a la primera pregunta: William, teniendo en cuenta el contexto político en Colombia, ¿qué es hacer literatura política? ¿Tiene alguna función social o histórica?

William Ospina: Para ser sincero, siento que el debate político en Colombia ha caído a niveles tan primarios, bajos, y se habla de tan pocas cosas importantes para la sociedad, que cualquier aporte desde la inteligencia es una contribución y una toma de partido. En la actualidad colombiana, creo una gran toma de posición política sería optar por la inteligencia, por la reflexión, por la diversidad de temas y de miradas sobre los mismos.

Matilde Sánchez: William, a tu juicio, ¿cuál es el presente y futuro de la poesía en tu país y qué repercusiones tiene sobre el continente?

William Ospina: Hablar la poesía del pasado es fácil porque la del siglo XIX y primera mitad del siglo XX es ya algo que está a la vista y que el tiempo mismo nos permite verla en perspectiva. La poesía del presente es siempre algo mucho más difícil de reconocer, son obras que a penas están en proceso, muchos autores ni siquiera se conocen porque los poetas no tienen exactamente la mejor posición en cuanto a posibilidades de ser editados, de manera que han aprendido a no andar desvelados por la actualidad, por la fama y el reconocimiento. Por todo ello, los autores están de alguna forma encerrados en sus obras y el público más bien reducido de poesía tarda bastante en descubrirlos.

Matilde Sánchez: ¿A qué poetas colombianos admirás o leés actualmente?

William Ospina: Por lo que acabo de semanal puedo hablar mejor de los poetas del siglo XIX y primera mitad del siglo XX. Me parece que uno no puede hacer un gran panorama de la literatura contemporánea. Como decía Borges, “No hay antología cronológica que no empiece bien y no acabe mal; el Tiempo ha compilado el principio y el doctor Menéndez y Pelayo el fin”. La sensibilidad contemporánea está sujeta a fragilidades y relatividades. Puedo mencionar algunos nombres de grandes poetas colombianos: los algo más antiguos José Asunción Silva, Porfirio Barba-Jacob, León de greiff, Luís Carlos López; los vivientes Álvaro Mutis, Giovanni Quessep; los recientemente difuntos Raúl Gómez Jattin, José Manuel Arango, etc. Señalaría como muy interesante el hecho de que muchos festivales de poesía crecen anualmente y muestran un gran interés del público no tanto por leer poemas cuanto por oírlos. Hay un gusto particular por escuchar la voz serena de los poetas, no ya declamando altisonantemente como en otro tiempo. Se requiere leer de cierta manera para sacar todo el juego de emoción, de riqueza verbal, de deleite que hay en las palabras, cosa no logra hacer cualquier lector y hecho por el cual tienen tanto éxito estos festivales en los que se hace presente la persistencia en el hecho poético del habla, del sonido de las palabras. También es cierto lo que decía Borges de que todo poema quiere ser dicho en voz alta, y eso nos recuerda que hay un contenido de sonoridad musical en la poesía que no se tiene en cuenta cuando se está leyendo mentalmente. Tal vez ese sea el motivo del éxito de estos festivales, que no marcha parejo con un auge de la edición de poesía.

Matilde Sánchez: Horacio, ¿Antes de publicar El Asco te imaginaste la reacción negativa por parte de un sector de la sociedad salvadoreña? ¿Quién reaccionó concretamente? Después de exiliarte, ¿creés que la sociedad salvadoreña es cerrada a críticas de su cultura? ¿Cómo interpretaste eso dentro de la paranoia del personaje Vega?

Horacio Castellanos Moya: No preví que hubiera tal reacción. Seguramente cuando uno escribe este tipo de libro de diatriba, si uno se pone a pensar demasiado en las repercusiones que pudiera tener, ni lo escribe y menos aún publica. Hay una negación a hacer un análisis de las posibles consecuencias que pudiera tener; creo que eso lo hacen ahora los editores con escritores que tocan el tema del Islam en países europeos y Norteamérica, donde puede haber reacciones de especial carácter. Yo no lo pensé en ese nivel, pero tampoco me voy a dar de ingenuo. El Asco tal vez fue una gota que rebalsó el vaso; había mucho acumulado desde otros libros y la labor periodística. Yo fui director del primer periódico semanal que se hizo en la posguerra, que hizo investigaciones bastantes delicadas en relación a las elites políticas y especialmente militares…

Matilde Sánchez: ¿cuáles fueron los grupos que te amenazaron concretamente?

Horacio Castellanos Moya: Recibí amenazas anónimas.

Matilde Sánchez: Tendrás alguna teoría…

Horacio Castellanos Moya: Muchas, pero ninguna manera de comprobarlas. Por supuesto, la mayor animadversión hacia mí la tiene el gobierno de ARENA (Alianza Republicana Nacionalista), que ha estado dirigiendo el país desde el fin de la guerra civil. Pero eso no me habilita a pensar que fueron ellos quienes hicieron las amenazas, porque las mismas fueron anónimas. Ahora bien, el hecho de que el libro se siga publicando una vez al en el país e incluso se estudie en universidades muestra que, pese a la reacción de ciertos sectores, la sociedad salvadoreña es muy tolerante a la crítica; no se si ese libro se publicara en otra sociedad la misma lo soportaría.

Matilde Sánchez: Leí en algún momento que a donde vas te piden que hagas un El Asco de ese lugar…

Horacio Castellanos Moya: Si, así es. Pero yo les respondo que escribo novelas muy cortas y esos son países muy grandes… Ahora en serio, podríamos aplicar ese criterio para medir la efectividad del libro; con efectividad no me refiero a calidad literaria sino a la reacción de la gente. Pero hay una paradoja porque alguien dijo que hacer una crítica de la sociedad en los aspectos más nocivos de la cultura nacional era un ejercicio de salud pública, y pese a que inclusive hace unos meses salió un editorial de un periódico criticando que el libro se lea en las universidades, el libro sigue siendo leído.

Matilde Sánchez: A los dos, ¿creen que hay que involucrarse en lo político? ¿Deben los escritores latinoamericanos escribir literatura con un renovado sentido político? ¿Reside alguna salvación para la política latinoamericana?

William Ospina: Creo que algunos de los grandes temas de la política latinoamericana hoy son los de la política mundial. Creo que los grandes temas de la política a futuro van a ser cómo salvar el planeta, los bosques, el agua, nuestra relación con la naturaleza; inclusive creo necesario un retorno a lo sagrado que no tiene que ver con la teología cristiana o de las religiones monoteístas, sino que se relaciona con un sentido de la naturaleza que hemos perdido. Creo que a ese tipo de cosas las llamaría políticas en el sentido más alto del término, que no es el faccioso. En ese sentido creo que todo escritor no es que deba, sino que no puede impedirse escribir sobre la alta política, que es la pregunta por el ser humano en el mundo, la posibilidad de dialogar y la búsqueda de un lenguaje expresivo rico. En definitiva, el principal instrumento cohesionador de las sociedades y solucionador de sus conflictos es el lenguaje. En esa medida, basta que un escritor se esfuerce por mantener la salud del lenguaje para que esté realizando una labor política altísima.

Matilde Sánchez: En relación a lo que sostuviste hace unos minutos, que toda literatura sería local, hay una pregunta que dice: ¿qué no sería local? La lengua es local, pero a la vez casi universal por la cantidad de hablantes.

William Ospina: Creo que todo es a la vez local y no local. Dicen que un clásico es el que logra satisfacer las expectativas o gustar, agradar a lectores de muchas culturas y edades distintas. De Homero, de Dante o de Shakespeare podemos decir que han satisfecho esas condiciones. Un autor como García Márquez, ha cumplido al menos con una de esas expectativas: ha logrado gran éxito en muchas culturas distintas. Todavía no sabemos, y sólo el tiempo dirá, si eso significa que muchas edades distintas se reconocerán en él. Pero me llama la atención que muchas cosas tomadas de la realidad local, de su memoria personal, de su memoria familiar y de su aldea natal lleguen a otras regiones del mundo; inclusive leí una vez a una autora húngara describiendo cuán profundamente García Márquez descifra el alma de las aldeas húngaras. Eso nos demuestra que hay cosas que son locales y no-locales al mismo tiempo; que hay cosas que corresponden a las peculiaridades a la vez que están en el fondo de la condición humana, porque las cuestiones más profundas del ser humano son la vez lo más local y lo más universal.

Matilde Sánchez: ¿Qué dirías que no es local, Horacio?

Horacio Castellanos Moya: Hay ciertos planteamientos que no son locales. Hay autores que se plantean escribir novelas que sucedan en otros lugares y épocas. Por ejemplo, escribir sobre una guerra mundial va más allá de lo local.

Matilde Sánchez: A veces hay un pedido de editoriales de que la lengua no fuera tan local o una apuesta por un estilo internacional de castellano.

Horacio Castellanos Moya: Bueno, pero ese es un problema más de marketing.

Matilde Sánchez: Pero ha producido obras…

Horacio Castellanos Moya: Por supuesto. Pero eso no tiene que ver con mi visión de la literatura, porque, como decía William, un escritor no debe. Para escribir una buena obra debe trabajar bien el lenguaje, debe saber combinar lo local, lo universal, su región y visión del mundo, pero porque lo necesita, no porque lo debe a una imposición. Entiendo que la literatura es una expresión de libertad, un impulso a ampliar el universo emocional y mental propio y de la sociedad. Por ende, a todo ese tipo de solicitudes por parte del mercado o de ciertos sectores de poder no puedo entenderlos de otra manera más que como límites y trabas a la literatura.

Matilde Sánchez: ¿cómo relacionarías tu diatriba literaria con la de Fernando Vallejo?

Horacio Castellanos Moya: La relacionaría desde el punto e vista que expresan la pulsión de una época. Tengamos en cuenta que escribimos en el mismo período, y a mediados de los ’90 expresamos un impulso de desagrado y descontento respecto del rumbo que toman las sociedades latinoamericanas. Es significativo que vengamos de dos países que han sufrido mucha violencia política. El tratamiento y la manera en enfocar los temas no tienen nada en común; lo común se da en lo que expresa el libro como descontento. El Asco, tanto como La virgen de los sicarios o, bastante posterior, El desbarrancadero, cada una con su temática, con la particularidad de cada escritor, con su búsqueda estilística, con sus acumulados personales, tienen en común un rechazo crítico al mundo circundante.

Matilde Sánchez: ¿Leés a Vallejo? ¿Te gusta?

William Ospina: Si, me gusta mucho y lo he leído mucho.

Matilde Sánchez: ¿Cómo fue recibido en Colombia?

William Ospina: Cuanto más agriamente grita más lo quiere la gente. En una época se especializó en escribir de tal manera que todo el mundo lo odiara y en hablar de su región, de Antioquia, de Medellín, a veces inclusive de calumniarla al punto de darnos la impresión de que no se podía transitar por Medellín sin que el taxista nos asesinara o alguien nos pegara un tiro. Pero eran sus maneras, por las vías de la exageración y el exabrupto, de expresar desesperación ante unos evidentes fenómenos de violencia. Me parece que la gente, y especialmente la juventud, lo ha entendido así. Por eso, más allá de que algunas personas piensen que está dañando la imagen del país, en realidad está expresando de manera exasperada y extrema su dolor, y esa es su manera de sensibilizar y llamar la atención sobre ello. Bajo la apariencia de una prosa virulenta y destructiva hay un esfuerzo por sensibilizar y llamar a la gente a reaccionar. En vallejo coexiste una violencia verbal extrema con una gran suavidad de maneras.

Matilde Sánchez: ¿Dirías que es influyente?

William Ospina: Como él no está en Colombia y en sus primeros tiempos e negaba a toda suerte de publicidad, era muy invisible, y sus primeros libros, si bien fantásticos, se advirtieron menos. Pero a lo largo del tiempo se fue haciendo cada vez más visible y en estos momentos sobre la sociedad y especialmente la juventud colombiana es una referencia indudable. Luego de parecer que no volvería jamás a Colombia porque temía que lo mataran por las cosas que había dicho contra la guerrilla, los paramilitares, el gobierno, la iglesia, etc., ha vuelto a su región de origen, y pese a su declarado anticomunismo, que nunca es bien recibido en las universidades, ha visitado la universidad de Antioquia. La gente entiende que en él hay una persona que ama profundamente a los animales, que por eso dice que detesta a los seres humanos, y que en realidad tiene bajo la apariencia de ese discurso incendiario unos principios muy vehementes y coherentes que defiende.

Matilde Sánchez: Una última pregunta vale para los dos ¿Cuál sería la diferencia sustancial entre el desplazamiento colombiano y la idea de desplazamiento sustancial de un festival literario?

William Ospina: La palabra “desplazamiento” me parece un eufemismo. En Colombia se habla de “desplazados”, un alto consejero presidencial hablo de “migrantes”, manera aún peor de disfrazar lo que en realidad es gente expulsada por la violencia de los campos, fenómeno muy actual de la sociedad colombiana. Hay por lo menos 3 millones de personas a las que se han arrebatado de las tierras a las ciudades, caso gravísimo de robo de tierras y destierro interno de grupos muy grandes de la población, pero no es un fenómeno nuevo de la historia del país. Ha sido una tradición que cada cierto tiempo vuelve a presentarse. La saga de novelas que estoy escribiendo, iniciada con Ursúa y El país de la canela, que interrogan fenómenos de la conquista, están muy alimentadas por la evidencia de que fenómenos que pasaron hace cinco siglos siguen pasando hoy en la sociedad colombiana con la misma atrocidad. Este hecho está ahí, es parte de la realidad, y la sociedad colombiana es muy violenta, algo especialmente estremecedor, y la literatura gira en gran medida en torno a esa violencia. Quienes tienen el talento, la información y el valor enfrentan la violencia del presente, del vicariato, del secuestro, de la guerra misma, y algunos, como en mi caso, por lo menos interrogamos la génesis de esa violencia y sus raíces en la historia.

Matilde Sánchez: ¿Quisieras agregar algo, Horacio?

Horacio Castellanos Moya: Yo creo que el mayor desplazamiento en El Salvador es que el veinticinco por ciento de la población vive en Estados Unidos y ha caminado a través de Guatemala y Méjico para llegar allá. Eso da una idea de desplazamiento como fenómeno cultural del cambio de siglo en el país; comenzó con la guerra civil, y aunque ésta cesó y se estableció una institucionalidad política la población siguió emigrando. De seis millones de habitantes por lo menos un millón y medio vive en Estados Unidos y envía una cantidad dinero mayor que las exportaciones globales del país, lo que significa que el país vive de expulsar su gente. Probablemente uno de los grandes retos del siglo que estamos iniciando sea cómo interpretar esta relación, sobre todo de los países centroamericanos y del caribe con Estados Unidos, pero que también se da por ejemplo entre Sudamérica y España, y este desplazamiento de grandes sectores de población. Eso, hasta donde yo conozco, se estudia desde lo sociológico, desde lo político y económico, pero no se expresa demasiado literariamente.

Matilde Sánchez: La literatura chicana tal vez sea un intento…

Horacio Castellanos Moya: Creo que la literatura chinana es una cosa más vieja a este nuevo desplazamiento, aunque sí expresa sus primeras fases.

William Ospina: Habría que concluir que para muchos países de América latina el desplazamiento no es tropo literario ni una metáfora, sino un hecho muy dramático de la realidad social.

Matilde Sánchez: Ha sido un gusto compartir este diálogo con todos ustedes. Muchas gracias por la presencia y la participación.

Desgrabación: Nadia Martin

Leave a Reply