Pedro Lemebel en Filba
Fernando Noy entrevistó en la Edición 2008 de Filba al chileno Pedro Lemebel antes de que Lemebel participara de una performance en vivo. Un diálogo de dos amigos –“dos primas”, al decir de Noy– caótico, profundo, vital, inquieto, irreverente: imprescindible.
Aquí, la desgrabación del encuentro:
Fernando Noy: Bajó la sensación térmica pero subió la sensación totémica, porque tengo acá a mi hermano de cordilleras y de placeres clandestinos, el gran Pedro Lemebel, que nos acompañará. Otro acariciador aplauso.
Acá está el libro Serenata Cafiola, que trae un canon de voces y una evocación dentro del margen y de lo ilimitado. Esa pulsión es la que Pedro de algún modo delata y recrimina; comete el mismo error que recrimina, delatando la herida como joya, como alfil, como una posesión pensada. Esto es un cortejo musical que acompaña a toda trola, a toda “yegua apocalíptica”, como lo hemos expresado en otros tiempos. A propósito…
Pedro Lemebel: Se escucha poco.
Fernando Noy: Felatín y Felatón, un solo corazón. Como cuando eras una yegua apocalíptica.
Pedro Lemebel: Oigan, gracias por venir y por llenar este lugar, este óvalo, óvulo. ¿Cómo es que se llama? Estoy aquí con Fernando, maravilloso, mi prima (Risas). Hermana, no; eso es muy hippie.
Fernando Noy: Yo siempre digo: “Nosotras Dios” en vez de dos. (Risas). “Nosotras Dios estamos acá”.
Pedro Lemebel: Fer estaba hablando de este libro, Serenata Cafiola, que es mi última producción, que es una serie de crónicas relativas a la música. Entonces, “cafiola” en realidad es un término es porteño. Los temas que trato, y las palabras también, se contaminan, se han contaminado. Por ahí hay un tema que se llama “Garúa Can Can”, que es otra cosa, pero las palabras cantan y me acomodan. Es esta especie de cancionero memorial, que Noy lo leyó anoche, de un viaje, ¿sí?
Fernando Noy: Claro, pero eso también incluye los ruidos de los disparos de tu pasado, las armas represoras…
Pedro Lemebel: Claro, él en un punto dice: “Dime qué escuchas y te diré quién eres”. En Chile es muy común que cierta nueva ola, por ejemplo, fue muy proclive a los militares. Es muy común que cierta música haya sido el telón de fondo de esos escenarios, de esos acontecimientos terroríficos. Entonces es muy fácil saber de quién se trata por los gustos musicales. Así, por ejemplo, hay un grupo en Chile que se llama “Los Huasos Quincheros”, que eran unos tipos muy reaccionarios, que apoyan al golpe, y fueron personajes de la dictadura, con cargos y qué sé yo, culturales y eso. Entonces, es fácil, ese folklore tradicional de patrón de fundo, un poco eso. Y a mí, hace poco, hace un tiempo, me invitaron a un lugar, a un barrio alto, donde quedaba la editorial Planeta de Chile –donde yo publico– y siempre yo pregunto de qué se trata el lugar, quién está, o de qué público se trata, porque generalmente yo tengo un público cariñoso. Pero cuando me bajé del taxi en ese lugar, en el “Tabaque & Femme”, me encuentro con uno de “Los Huasos Quincheros”, que me estaba dando la bienvenida. Y hago el gesto del vómito, y le digo: “Estoy enfermo del estómago, por favor, el baño ¿dónde está?”. Y un viejo pituco me dice: “Por favor, pasa por acá.” Y yo paso al baño y dije: “Ahora qué hago, porque este tipo va a estar allá afuera para presentarme.” Aparecer con él en una foto es un suicidio político, pues. Entonces, me dice: “¿Te repusiste?”; “Sí, claro” –le respondí–. Entonces, le dije: “Sal tú primero, me presentas y después salgo yo. Tú sabes, esto del espectáculo…”. “Ah, tienes razón, Pedro” –me dice–.
Fernando Noy: Ah, con razón me decías lo mismo recién (Risas).
Pedro Lemebel: No, por favor. Y así lo hice, entonces me salvé de aparecer con ese personaje. Y ese público era un público atroz. Uno siempre en el público mira las caras, y uno siempre se encuentra con alguien que te saluda. Y estos eran puros fachos, así, tremendos, ¿no?, del Opus Dei, y de todas esas cosas.
Fernando Noy: ¿Del Opus Dei?
Pedro Lemebel: Entonces, una de las primeras preguntas que me hizo una mujer, así, toda platinada, me dice: “Oiga, usted, que escribe sobre los pobres con la mano izquierda y agarra la plata con la mano derecha…” Vieja de mierda… (Risas)
Fernando Noy: Pero sin guante, dijiste enseguida.
Pedro Lemebel: Entonces, me dio risa también, ¿no?, desparpajo. ¿Y qué te crees tú, que te tengo que venir a entretener gratis? (Risas)
Fernando Noy: Siempre el estallido, ¿no?
Pedro Lemebel: Claro, agua, agua.
Fernando Noy: En ese caso, la violencia impensable e imposible de tolerar. En ese caso, “platinada”, es perfecta esa palabra. Yo recuerdo que una vez me contaste la peripecia del título Tengo miedo, torero. Porque Pedrito siempre me decía que era el título de una canción de Sara Montiel, y yo que siempre pensé que era la Sara Montiel de mi barrio, que se le caía la gorra y todo. Y yo siempre le decía: “Me parece raro, Pedrito, que este tema no lo conozco.” ¿Y qué pasó después?
Pedro Lemebel: Bueno, es la única novela que he escrito, la más traducida también. Pero las traducciones son una pesadilla, Fernando. Tengo miedo, torero, en inglés es My tender, Matador. Como Mi pobre angelito, más o menos (Risas). Hay otro peor, en alemán: Sueños de peluche; o Polución nocturna (Risas).
Fernando Noy: Pero Lemebel buscando en España, y ¿qué pasa? ¿Qué pasó con ese tema?
Pedro Lemebel: Ah, bueno, pasó que ese libro, que los que no lo conocen se trata sobre un romance entre un homosexual y un chico de la guerrilla. En ese tiempo preparábamos el atentado al tirano, digamos, ¿no? Ese es el tema. Muchos van a decir: Puig. Por supuesto, Puig. Si no fuera por “la tía”, uno no estaría aquí, tal vez (Aplausos).
Fernando Noy: Porque somos todas primas lejanas, para no demostrar la verdad de la sangre. ¿Y qué pasa?
Pedro Lemebel: Pasa que ese libro se llamaba La Loca del Frente, por el Frente Patriótico Manuel Rodríguez, y por la loca del frente, la que pasa por la vereda de enfrente. Y en una de esas, me encontré con una traba, una amiga traba, bien vieja, bien destartalada. Y yo le dije: “¿Y tú todavía hacés show?”; “Of course”, me dijo (Risas). “¿Y qué temas haces? ¿Qué canción?” Y me dijo: “Bueno, Sarita Montiel, “El último cuplé” y “Tengo miedo, torero”. Y ahí casi me morí. Y le digo: “¿Y qué sigue?”; y me responde: “Tengo miedo que tu risa, a la tarde, flote.” Ay, ¡maravilloso! Y le puse así al libro, Tengo miedo, torero. Pasó después que en la traducción al inglés, la gringa me hizo esta misma pregunta, y yo nunca había escuchado la canción, nunca jamás. Y los gringos, como son tan aplicados, se pegó el viaje a España, a la Fundación Sarita Montiel, y ahí le dijeron que esa canción no existía (Risas) ¡La travesti me mintió! (Risas)
Fernando Noy: Porque ella estaría enamorada del “Paquirri”, pero vos, de todos modos, lo legitimizás en el epígrafe, así que Sara Montiel en el Paraíso canta: “Tengo miedo, torero”.
Pedro Lemebel: Bueno, Sara Montiel es, digamos, la diva de las carrozas.
Fernando Noy: De las viejas trolas, en España.
Pedro Lemebel: Aunque, te digo la verdad: yo soy de Los Beatles para acá. Cuando escuché: “La vi parada allí”, casi me morí (Risas). ¡Y después me dijeron que no significa lo mismo en inglés! ¡Qué me importa a mí!
Fernando Noy: Ahí la traducción falló bien.
Pedro Lemebel: Eso, pero con “la Sarita” ocurría que en Chile había un presidente que se llamaba Jorge Alessandri, un tipo muy de derecha, muy tradicional, y su padre había sido presidente también, una familia muy conservadora. Y este presidente era fanático de Sarita Montiel, le gustaba mucho, y su padre odiaba estos gustos populares, berretas, estos gustos de cabaret, ¿no? A los ricos les gusta la ópera, ¿no?, las señoras gordas que cantan como pájaro.
Fernando Noy: La lírica.
Pedro Lemebel: Y el presidente no se casó nunca, etc. (Risas). Y era muy buen mozo, y las señoras de sociedad le decían: “Ay, presidente, está cada día más buen mozo, le falta una primera dama.” Pero él tenía un secretario, chofer, qué sé yo, que le llevaba para todos lados (Risas).
Fernando Noy: Un sobrino.
Pedro Lemebel: También. Y ocurría que la película El último cuplé se dio por muchísimo tiempo en un cine de Santiago, en el cine King, como un año. Así como The Wall, que se dio muchísimo tiempo acá en Buenos Aires, ¿no?
Fernando Noy: Sí, sí.
Pedro Lemebel: Entonces, el presidente, con su secretario, chofer, iba a ver esta película. Entonces, cuando él entraba, se apagaban las luces, porque el presidente iba al cine. Y entonces ahí el viejo lloraba, con los mantones, los abanicos, todas esas cosas de la Montiel. Y un minuto antes de que terminara la película, el presidente salía con su secretario para que no lo vieran.
Fernando Noy: La total oscuridad, ¿no?
Pedro Lemebel: La total oscuridad. Ocurrió que Sarita Montiel fue a Chile en ese tiempo, y el presidente le dice a su secretario, chofer: “¿Usted cree que ella aceptará una invitación a “La Moneda” a tomar el té?”. Y le mandó la invitación y Sarita aceptó, por supuesto. Y el viejo preparó el despacho presidencial, arreglaba las tacitas, los panecitos, qué sé yo. Y llegó Sarita, y fue una tarde maravillosa; y le ofrecía los panecitos y ella los rechazaba, tocándose su cintura. Y en la muralla, el retrato del padre la miraba homofóbico, indignado. Eso fue “el último cuplé” del presidente.
Fernando Noy: ¿Ese presidente es antes o después de Ibáñez, que empieza con el genocidio gay?
Pedro Lemebel: Ah, no, eso fue después. Ibáñez fue del ’52.
Fernando Noy: Ahí nace el primer genocidio, ¿no?, ese futuro trágico para… ¿Cómo es? Contame cómo es esa historia.
Pedro Lemebel: ¿La de Ibáñez?
Fernando Noy: La de Ibáñez.
Pedro Lemebel: Bueno, sí, es una terrible historia pero ha cruzado las épocas, y tampoco se sabe dónde ni cómo, si fue en el sur que este presidente, este general, hizo esta ley de exterminio, pero no solamente con los homosexuales, también con las prostitutas: “La ley de contaminación social”.
Fernando Noy: ¿En qué consistía?
Pedro Lemebel: Bueno, hay una obra que se hizo sobre esto, y que trata un poco teatralmente el asunto. Como que te llegaba una invitación a Holo Lulu, y tú tomabas tu pañuelito y te ibas a tomar el barco. Digamos, “el barco”; invitadas, claro, todas en un crucero.
Fernando Noy: Ah, yo pensé que era en el cemento, yo pensé que habían sumergido la nave con muchos homosexuales.
Pedro Lemebel: Los milicos no van a perder un barco (Risas).
Fernando Noy: De todos modos, ¿cómo era? Porque me contaste en detalle lo del cemento.
Pedro Lemebel: Bueno, en la obra está representado como que los paraban en un molde de cemento y luego los tiraban al mar. Bueno, eso es una historia que se repite. Sabemos, ¿no?
Fernando Noy: Pero fueron los albores, la fundación de este exterminio, que continúa de todas maneras.
Pedro Lemebel: Donde aprendimos a nadar pero ninguna llegó a la costa.
Fernando Noy: Ninguna se volvió sirena.
Pedro Lemebel: Tampoco.
Fernando Noy: Aunque estamos acá, sirenas.
Pedro Lemebel: ¡Merluza! (Risas).
Fernando Noy: Y bueno, acá te escribí: “El amor con h es de una diversidad inaferrable: ¿Cómo definirías las distintas categorías en el mapa entramado de la lengua erecta?
Pedro Lemebel: Ay qué inteligente (Se ríe). ¿Cómo definiría el mapa? ¿Nuestra cartografía?
Fernando Noy: El lugar.
Pedro Lemebel: Ah, el lugar del desplazamiento. Ah, es verdad que esto tiene que ver con los desplazamientos.
Fernando Noy: Sí, sin duda.
Pedro Lemebel: ¡Sí! Te juro, si hubiera sido así lo hubiera pensado de nuevo.
Fernando Noy: El cafiolo.
Pedro Lemebel: El cafiolo. Tú sabes que me han preguntado por qué “cafiola”; y “serenata” por las músicas. Pero “cafiola” es por la palabra. En realidad, es como una feminización de “cafiolo”, del taxi boy, del cafisho, ¿no? Porque no existe en las mujeres el análogo, o la análoga.
Fernando Noy: Ahora sería la trola.
Pedro Lemebel: Sí, pero no es lo mismo. Es Santa Fé, pues, no sé. Entonces, fue como una forma de feminizarlo. Y un día me encuentro con uno de estos chicos taxi boy, que estaba en una carroza con un veterano, ¿no? Y yo le digo: “Oye, ¿y te lo planchas?” Y me dice: “No, le pongo música nomás.” (Risas) Por eso Serenata Cafiola. ¿No es cierto? ¿No pones música a veces?
Fernando Noy: Por supuesto. La música tiene hasta categoría de silencio para ciertos cerebros que escriben literariamente o están en trabajo, ¿no?
Pedro Lemebel: Hay cierta referencia en el libro, a la música y a Buenos Aires también, ¿no?; o a la Argentina. Por ejemplo, está la historia de Chavela Vargas.
Fernando Noy: O Macorina.
Pedro Lemebel: Macorina o maricones.
Fernando Noy: Es como si lo hubiera plagiado.
Pedro Lemebel: Entonces, en la historia que yo cuento no todo es real, no todo yo lo he vivido, no todo ha pasado por este cuerpecito. No. Pero hay cosas que tienen su peso, de realidad, de ficción y de fantasía, que son difíciles de evitar narrarlas, como es esta historia de Chavela, que me contaban unas amigas en Santiago: que Chavela en los años sesenta estuvo por Chile, en un teatro de revistas, ¿no?, que existía allá, que se llamaba “El Bim Bam Bum”. Entonces, Chavela se enamoró de una vedette, y la vedette por supuesto le seguía el amén, y se dejaba querer; se dejaba querer nada más. Y Chavela se enamoró, en ese momento estaba joven Chavela, tenía dos largas trenzas largas, trenzas indias. Y en el momento del adiós, le dice a la vedette: “¿Qué quieres que te deje? ¿Te dejo mi guitarra, curvilínea, mujer?” “No”. “Te dejo, si quieres, mi libro de cabecera.” “No.” De Sor Juana Inés de la Cruz, eso ya… (Risas). “Si quieres te dejo mis arrapes, que me han acompañado toda la vida.” “No, en realidad –le dice la vedette– no me interesa casi nada –y le toca las trenzas–.” Y entonces, Chavela tomó una tijera, cortó sus trenzas, se las dejó y no volvió nunca más a Chile. Esto me lo contaron, yo lo escribí, pero nunca supe si era cierto, si Chavela fue a Chile o no, nunca lo supe. Me lo contaba una amiga lesbiana, chilena. Y Chavela vino hace unos años a Buenos Aires, que la presentó Almodóvar. Entonces, estas amigas mías fueron al camarín y le preguntaron a la Chavela si era cierta esta historia. Y Chavela dijo: “Bueno, puede ser. Es posible…” (Risas).
Fernando Noy: En su segunda vuelta, porque había estado tres años. Sin embargo, a Vargas realmente… O en Omara Portuondo, que también está en este libro.
Pedro Lemebel: Recién estuvieron acá, ¿no?
Fernando Noy: Estuvo con María Bethania, con la bahiana. Pero esas adyacencias de mujeres que pasaron por tu vida, de algún modo son tu espejo, porque también está Violeta.
Pedro Lemebel: También está Violeta, Violeta Parra, de todas maneras.
Fernando Noy: Pierangeli.
Pedro Lemebel: Sí, Pierangeli. Yo hace poco le decía a la Isabel Parra, que es su hija: “Oye, Chavela, ¿tu mamá escribió ‘Gracias a la vida’ y se mató?” (Se ríe) No le gustó mucho (Risas). Y en esa misma conversación –con Chavela somos bien amigos, ella cantó en la presentación de mi libro–, le digo: “Oye, Chavela, yo hubiera sido bien amigo de tu mamá, de la Violeta Parra.” Porque la vieja era buena para el “quetejedi”, el whisky, igual que yo; y le gustaban los hombres jóvenes, igual que yo (Risas). “Entonces –le digo– yo habría sido amigo de tu mamá.” Y me dijo: “Mira, puede ser, claro, ¿por qué no?” Y le digo: “¿Tu mamá tenía algún amigo “coliflai” como yo?” “Coliflai” es “mariposón”, qué sé yo. ¿Cómo le dicen acá?
Fernando Noy: Acá, “trolo”.
Pedro Lemebel: “Trolo”, “puto”, etc. Me dijo: “No, pero había un primo mío que vivía cerca y no tenía un pelo de ceja. Y llegaba a la mañana y le decía a mi mamá: Levántate, Pierangeli”. Pierangeli era una actriz italiana bellísima, que James Dean estaba enamorado de ella. Entonces, imagínatela a Violeta toda espinilluda, era fea Violeta, que le dijeran “Levántate, Pierangeli”, ¡es maravilloso! Saltaba de la cama Violeta y jugaban como niños –me contaba la Isabel– hacían comidas, hacían tapices. Y este primo quería cantar, entonces Violeta le “seguía el amén”, y le decía: “Canta, niño”, y él quería cantar “La jardinera”: “Para olvidarme de ti voy a cultivar la tierra…” Y Violeta decía: “¿Y por qué no cantas una canción más de niño?”. Y él le respodía: “Ay, ¿acaso las flores son solamente para las mujeres?” Y entonces, este primo de Violeta fue a un concurso radial para aficionados del canto, y cuando volvió, le preguntaron los hijos de Violeta cómo le había ido. Y dijo: “Me fue mal. No, pero lo peor es que se rieron de mí”. Entonces, esa es otra de las crónicas que se llama: “Levántate, Pierangeli”. Y la Violeta le dijo: “Canta nomás, niño. Como sea, no dejes nunca de cantar.”
Fernando Noy: Lo gracioso es con Joselito, que Joselito es la coyuntura del momento pero que va con sus canciones, ¿no?
Pedro Lemebel: Claro, Joselito era como el niño ideal que las madres hubieran querido que uno fuera, ¿no? Todos queríamos ser Joselito y cantar como una alondra, ¿no? Que yo escribí la historia de Joselito, que se quedó chico, se quedó enanito, y cuando le cambió la voz y todo eso. Y es que en realidad él hacía esas películas con Libertad Lamarque, del niño sufrido con la madre pobre, y que trabajaban. Esta cosa sufriente de la pobreza fílmica.
Fernando Noy: Es como un poco responder al título de Severo Sarduy, que dice: “¿De dónde son los cantantes?” Ahora ya sabemos de dónde eran, del sueño de Lemebel.
Pedro Lemebel: También, de alguna manera.
Fernando Noy: Porque Dina también está presente, Omara Portuondo.
Pedro Lemebel: También. Y tú.
Fernando Noy: Yo, que soy “cantatrice”, pero ahora soy cicatriz nada más.
Pedro Lemebel: A mí me dicen que soy “narratriz”.
Fernando Noy: “Narratriz”. ¿Y cómo era lo de Joselito?
Pedro Lemebel: La historia de Joselito yo la grabé en la radio, y en la radio había un señor español, así, muy severo, y dice: “Pues, ¿cómo puedes escuchar esa mierda del franquismo? Ese chiquillo de mierda.”
Fernando Noy: ¡Vaya sorpresa!
Pedro Lemebel: ¡Y era cierto! Joselito fue usado por el franquismo en realidad. Y otros también, pero él fue el niño símbolo del franquismo. Pero en ese tiempo yo no sabía, no sabíamos. Acá tienen que haber pasado cosas parecidas, también, ¿no?, que cierta música fue usada por la dictadura.
Fernando Noy: A mí me tocó llegar a Chile con Paco Jamandreu, con todas las bises argentinas.
Pedro Lemebel: Ah, eso te iba a preguntar.
Fernando Noy: Ah, ¿ves? Porque también este diálogo tiene algo de telepático, de ahí el coloquio.
Pedro Lemebel: ¿Qué fuiste a hacer vos a Chile con Pinochet? ¿Qué, te invitó la Lucía Pinochet o Paco Jamandreu?
Fernando Noy: No, no, yo no. Paco Jamandreu fue invitado y yo tuve la suerte de coordinar la prensa. Y ahí fue increíble porque estaba toda la reunión ahí y todo el mundo esperando que empezara el desfile de las ropas de Eva Perón, y ahí alguien me habló de Pedro Lemebel. Ya lo había visto a Pedro con “Las Yeguas del Apocalipsis”, por eso quería evocar ese momento de las yeguas. Porque es importante, y creo que mucha gente no sabe.
Pedro Lemebel: No, no tienen ni idea. Pero ya el nombre fue como nuestra primera obra. Ponernos “Yeguas del Apocalipsis” era como que ya excedía el travestismo, porque lo excedía, porque la gente pensaba que éramos miles de maricones furiosos, de Atila. Y éramos dos desnutridas palomas secas, de barrio pobre (Risas).
Fernando Noy: En el cemento helado.
Pedro Lemebel: No asustábamos a nadie. Entonces, tenía que ver también con esa impronta de furiosidad. Qué lata tener gente atrás (Se ríe).
Fernando Noy: Es bueno tener gente atrás, pero no una multitud.
Pedro Lemebel: Sí, voy a arreglar esto (endereza el asiento). (Aplausos)
Fernando Noy: (Se agarran de la mano y cantan) “Una vez el ruiseñor…”
Pedro Lemebel: “…en las claras de la aurora…”
Fernando Noy: “…quedó preso de una flor…”
Pedro Lemebel: “…lejos de su ruiseñora…”
Fernando Noy: “… esperando la vuelta al nido…”
Pedro Lemebel: “…Ella vio que la tarde moría…”
Fernando Noy: “… y a la noche cantándole al río…”
Pedro Lemebel: “… medio loca de amor le decía…”
Fernando Noy: “…dónde andarái, mi vida…”
Pedro Lemebel: “…mi vida…”
Fernando Noy: “¿Por qué no vienes, rosita encendida?”
Pedro Lemebel: “…me lo entretienes…”
Fernando Noy: “…Agua clara que te tragas, entre whiskies y…” (Se ríe)
(Aplausos)
Fernando Noy: Un aplauso…
Pedro Lemebel: Después van a decir lo que siempre dicen: “Ay, no, fue un diálogo de locas.” (Risas)
Fernando Noy: Locas con “k”, que en hindú quiere decir “éxtasis”, con la alegría buscada de compartir este momento con todos ustedes.
Pedro Lemebel: Querida muñeca: la primera vez que yo vine acá, que estuvimos en la otra sala, que fue mi primera visita a Malba, yo escribí una cosa sobre esa visita, sobre esa primera vez que vine.
Fernando Noy: Es de tus crónicas que aparecen los domingos, ¿no?, en el diario.
Pedro Lemebel: No, pero no aparece en el libro. Los domingos, a veces. Entonces, te la dedico a ti, por tu buena voluntad, tu generosidad, y por tu talento también, pues, Noy. Oye, esta ciudad debería darte las llaves de la ciudad a ti, o una ganzúa (Risas).
Fernando Noy: Gracias.
Pedro Lemebel: (Lee)
“Y no fue hace tanto que el Museo Malba de Buenos Aires me invitó a dar una conferencia, y partimos con mi agente literaria, Giovanna Skármeta, que por entonces no tomaba ni agua, pero yo iba con la furia etílica viva. Y llegando a la gran metrópolis, los encargados de Malba nos reciben como reinas, alojándonos en el super Hotel Design, muy de moda por esto del diseño feng shui; a toda estética japonesa, con unas cañas por aquí, unas piedras por acá, todo minimal, todo simplificado por murallas de vidrio y cemento crudo. Así era aquel super hall, donde una niña flaca como bambú instalaba unas ramas en una piscina. ‘Mientras les damos su ubicación, esperen aquí.’ –nos dijo amable el bombón recepcionista, indicándonos unos sillones de acrílico y aluminio–. Pero no quisimos sentarnos, aterrados de que esas huevadas se desarmaran y nos fuéramos de hocico a la pileta. ‘La decoración debe tener cierta seguridad de uso’ –le dije a Giovanna, mientras subíamos por el ascensor hasta el piso entero que nos había resevado Malba, frente a la Avenida Santa Fé–. Afuera llovía leve, con una humedad de cuarenta grados. Por lo tanto, nos quedamos fresquitas, gozando del aire acondicionado de “La Pirula Suite”.
- Estamos a todo Rockstar, nena.
- ¿Y cómo no? –suspiró Giovanna– Si nos invita el museo de los Costantini.
Entonces, les pedí que me contraten un amante para matar el chuncho y no seguirme quejando que aquí no me pican ni los sancudos. Y así lo hice: pedí un acompañante para todo servicio. El nene se llamaba Gastón y era de Tucumán, con un cantito adorable, cuando nos contaba su vida de taxi boy provinciano llegado a la urbe. Y estábamos en esa conversa con Giovanna y el chico, cuando apareció el tornado fulgurante de Fernando Noy: la poeta performera de las cloacas porteñas, la reina under de los ochenta, la amiga de todas –como ella dice–, con dorado pudor; íntima de la Sosa, la Cantilo, la Mónica Viti, que me regaló esta campera, y también de la Pizarnik, “que vivía enfrente a esta plaza” -dijo Noy, con sus ojos verdosos nublados por la emoción-. Me conseguí su teléfono y ella me recibió con unos jeans de cuero azul, igual a Brian Jones, el más bello de los Rolling, “que también se mató, tú sabes, Pedro, mi amapola real, mi lujuria plumosa, y qué felicidad tenerla aquí”.
- Mira dónde aparecí hoy –dijo indiferente, pasándome una revista donde salía retratada como un ave del paraíso, junto a Fito Páez y todas sus mujeres–. Traje algo para el espíritu –agregó con malicia, sacando un pedazo de chocolate paraguayo–.
Y comenzó a fabricar fumos y a repartirlos con su mano de calamar generosa.
- Tú eres igual a Shirley Winter treinta años atrás–le gritó Giovanna, con el fumo en la comisura–.
- Sabes que al encontrarme con ella en Río… – la Noy hablaba sin parar, mientras sacaba joyas y abalorios, que los iba ensartando en mis dedos.
- Es maravillosa mi amiga –le comenté a Gastón, que la miraba con asombro–.
- Sí, lo conozco, lo he visto en los diarios– dijo el chico con respeto–.
Al segundo fumo, yo estaba tan volada que traté de sentarme en el sillón futurista que se cerró bruscamente, y quedé atrapada como un sánguche de jamón y queso. Todos se reían, tratando de sacarme del emplasto.
- La decoración debe ser práctica más que estética –concluí hablando en esa media lengua al borde de la pálida–.
- Pero Pedro, tienes que dar la conferencia –ordenó Giovanna, preocupada–.
- Ahí voy a estar – aseguré, mirando al chico cafiolo–. Y tú también estás invitado, Gastón –dije con hermosa soltura–.
Y como siempre, algún cristal me levanta y alguna nieve se encarga de borrarme las ojeras del whisky. Y partimos en taxi a Malba. La lluvia seguía zigzagueando en el parabrisas y Buenos Aires se reconciliaba conmigo de un viejo rencor. La Noy les cantaba algún coupplé arrabalero a los obreros de la ruta, y el chofer la reconocía del algún artículo trolo que habían publicado las revistas. Giovanna, a mi lado, sólo fumaba, nerviosa, y el chico había desaparecido en los trámites del traslado.
Y luego exclamé:
- Nada es perfecto, ya estamos aquí, vamos con el show.
De entrada, los chicos Costantini me recibieron con rosas.
- No me mires así –le dije a Eduardo– porque te puedo robar la Frida Kahlo de la colección.
- ¡Es encantador, Pedro!- escuché que el bello le decía a Giovanna mientras yo entraba al salón repleto.
Un whisky fue lo primero que pedí antes de la performance. Eduardo corrió con el vaso entre sus pálidas manos.
- Qué diferentes son estos chicos ricos, a los ordinarios platudos chilenos – le comenté a la Giovi, tiritona de neura.
La Noy repartía saludos a diestra y siniestra. Y vino la presentación: las crónicas, la música, los llantos, las emociones. Al final yo conté el pedido del taxi boy que le había hecho a Malba, y todos rieron aplaudiendo, festejando el circo pobre de mi lunático cronicar.
De ahí al camarín, donde me esperaba el resto del whisky. Entonces, veo al chico tucumano, con sus ojos rasgados de ternura:
- ¡Pedro! ¡Casi levanto la mano para decir que era yo! –me dice el lindo– Y nos fundimos en un abrazo que me soltó lágrimas. ¡Lo juro!
- Bueno, nos vamos al Hotel Design –dice Noy, con un arrebato de impaciencia–.
Y cuando subimos al taxi, la lluvia seguía espejando el asfalto vidriado de las calles.
- ¿Te sientes bien? –me dijo Gastón al oído–, y yo como respuesta anudé su cintura con mi abrazo.
De allí poco recuerdo, con los tragos y fumos que Noy repartía, Jesucrista, hasta quedar borrada en el inmenso lecho de la recámara. A mi lado, Gastón, desnudo, algo murmuraba:
- Pedro, ¡tengo que cogerte! ¡Malba me está pagando!–.
Abrí un ojo, y lo vi tan polluelo, tratando de excitarse.
- No importa, mi niño –murmuré al vacío–, cómo te vas a coger a esta vieja fea y calva.
- No hables así de ti, tú vales mucho –me repetía, mordiendo mi oreja–.
Y eso fue todo. Ahí morí, acunado por su tibio aliento susurrando palabras de amor. Más lejos, en la sala, la Noy reía, contándole a Giovanna su elección de Miss Bahía en el carnaval de Brasil. En la mañana, la lluvia seguía inmutable. Cuando abrí los ojos, y el chico ya no estaba, Giovanna dormía como una nena en la sala, y sobre la mesa, una carta de Noy, junto a una pulsera de estrás que la diosa me dejó en la despedida.
A esa hora, Gastón estaría con otro cliente roncándose cerdamente a su lado, mientras el chico, con la mirada soñadora en el techo, aspiraba un cigarro. Tal vez, sumando los dólares de Malba para volver tanguero a su lejano Tucumán.”
Gracias.
(Aplausos)
Fernando Noy: ¡Esta Malba! ¡Qué mujer encantadora! ¡Esta Malba se merce ese aplauso!
Pedro Lemebel: ¿Qué pasa con esta huevada que no tiene sonido? ¡En Cuba, con un alambre y un carretel hacen maravillas y aquí con toda la técnica! (Risas)
Fernando Noy: Controlá porque ahora viene la performance. Ya está el maquillaje mental.
Pedro Lemebel: ¡La performance! Qué bueno que has dejado el alcohol, Noy, qué bueno.
Fernando Noy: Me ha dejado el alcohol a mí.
Pedro Lemebel: No puedo. Te juro. Una vieja en Chile, el otro día, me dice: “Oiga, usted todo lo que escribe siempre está borracho o volado.” (Risas)
Fernando Noy: Es que volando viene la pluma. Y también, además, Pedro, hablamos del futuro ahora, ya que el pasado de algún modo lo paseamos. Y hay un proyecto importante que viene, que es una especie de mapa de la sexualidad y de la historia de la homosexualidad en Santiago de Chile, ¿no? ¿O esto tiene que ver también con toda Latinoamérica?
Pedro Lemebel: Mira, la verdad es que fue una Beca Guggenheim que yo me gané con el proyecto. En realidad, porque la historia de la homosexualidad está inserta en los juicios, en la parte judicial, en los juzgados. Ahí es donde han quedado las señas por donde ha pasado la sexualidad.
Fernando Noy: La cartografía.
Pedro Lemebel: La cartografía está en los juzgados, y un amigo hizo esa recolección y llegó hasta la colonia, qué sé yo, hasta la conquista. Porque también está documentadas en las cartas al rey que mandaban los curas soplones, diciendo que los indios nos portábamos mal. Están ahí también. Entonces, había una de esas historias de Hernando de Magallanes, en una carta al Rey. Entonces, Hernando de Magallanes, ellos tenían un mocito. Los capitanes de barco tenían un mocito que los ayudaba, qué sé yo. Y entonces, cruzando por el estrecho de Magallanes –así se podría llamar la crónica: “El estrecho de Magallanes” (Risas)–, conversando con otro capitán de otro barco, este le dice: “Pues está muy guapo, su mozo, Don Hernando”. Entonces ahí se produjeron unos celos que al final el mozo terminó en el mar. Eso está contado, testificado en cartas al rey de España. Eso se puede reconstruir, rearmar con la maravilla que es la crónica. Es decir, la crónica tiene esas posibilidades teatrales, narrativas. Y esa es una parte de ese libro que nunca lo escribí. Entonces, los gringos estos me dieron la Beca Guggenheim, yo les mandé el índice (Risas). ¡Te juro! ¡Y nunca lo escribí! Se llama: Nefando: Crónicas de un pecador.
Fernando Noy: Hola, marcianos, aquí estamos en la Tierra. Para varear se viene la guerra. Usted no se imagina la locura. Escuchemé en su corazón, respecto al tema de la primera vez que tu madre te regalaba juguetes y vos…
Pedro Lemebel: ¿Aló? Es la voz, niña. ¿Son homofóbicos estos aparatos? (Risas)
Fernando Noy: No, ¡lo que pasa es que están celosos! Porque no los usamos de otro modo, nada que más como deben ser. Y entonces, ellos prefieren un poquito de paciencia, ¿no? El arte es difícil.
Pedro Lemebel: Yo te digo, Fernando, que en esta invitación que me hace Malba –no solamente Malba, sino todos los que organizan este Filba–. ¿Filba se llama? Creo que son muy interesantes estos encuentros porque uno puede saber quién te lee también, ¿no? O sea, no sé si lo vas a ver, pero por lo menos siento un “rewind”, ¿no? Yo hacía un programa de radio en Santiago, que se llamaba “Cancionero”, que eran cinco o diez minutos. Y yo leía una crónica o contaba una crónica, con música, o con efectos, qué sé yo. Entonces, era una radio popular, una radio feminista, y todos los días a las dos de la tarde aparecía la crónica, con la música de Paquita del Barrio. ¿Tú ubicas a la Paquita del Barrio? (canta): “Invítame a pecar, quiero pecar contigo…”. Ahí empezaba: “Crónicas de Pedro Lemebel” (Risas). Y entonces, yo las grababa toda la semana, esto lo editábamos todo y las pasaban en la radio. Entonces, yo enfrente de mi casa tenía una feria, donde venden verdura, ropas, todas esas cosas, ¿no? Entonces, yo, a la hora de la crónica, una día, bajé a la feria y fui donde mi casera, la que me vende el cilantro, las papas, todas esas cosas. ¡Y justo estaba escuchando la radio, estaba escuchando mi programa!: “Invítame a pecar…” Y entonces ella estaba muy pendiente de la radio. Y le digo:
- ¿Qué está escuchando?
- Estoy escuchando a Lemebel–. (Risas)
- Ah, ¿y de qué habla? –le dije–.
- ¡Uh, tiene una lengua!
Entonces, yo tomando aire, como las que hay en esas clases de gimasio, y le dije:
- ¿Usted sabe que yo soy Lemebel?
La vieja me miró y me dijo:
- ¡Perdón! Si usted está aquí, y yo lo conozco a usted.
No me pudo creer la vieja de mierda que yo era yo (Risas).
Fernando Noy: Y ahora que estás muy popular, y está Giovanna Skármeta; que les pido un aplauso para Giovanna, especialmente.
(Aplausos)
Fernando Noy: Porque siempre está presente. Es como las pollas…
Pedro Lemebel: Giovannita. La Shirley Winter, como le pusiste vos.
Fernando Noy: Como le digo yo, que cuando se enoja se va a las trompadas.
En realidad, esto del personaje del escritor, que también está tratado en la convocatoria a esta entrevista, este diálogo, este “Diáblogo”, en realidad tiene que ver con eso, con una puesta en escena de lo que uno hace.
Fernando Noy: Un acceso al backstage…
Pedro Lemebel: Antes, cuando leí esta crónica, te iba a preguntar: ¿Qué es pito?
Fernando Noy: Bueno, ya sabés. Es lo que te mostré antes, esos tres.
Pedro Lemebel: En Chile el “pito” es la “tuca”, por eso tenía que ir cambiándolo a medida que iba contándolo. ¿Si, no?
Fernando Noy: Estábamos acá, con la posibilidad en el futuro de también seguir con tu programa de radio del que tanto hablabas recién.
Pedro Lemebel: Ah, no, no, no. Yo no repito, no desando. Yo generalmente todas las cosas que he hecho no las vuelvo a hacer. Entonces, el programa ya fue.
Ah, estábamos hablando de lo público que puedo ser y que puedo resultar ahora. Vos sabés que tengo una treta, digamos, y es que a mí me gusta un poco el clandestinaje también. O sea, porque el escritor no es esto que ustedes están viendo, chicos. Es un señor de corbata, de camisa sport, qué sé yo. Eso sería un escritor. Entonces, la gente a veces viene, en Chile, y me dice: “Yo a usted lo conozco, usted es peluquero, estilista.” (Risas)
Actor. Bailarina ya no me da, con el cuerpo de morsa que tengo. Y entonces, también pasar este otro personaje en la sagrada catedral de la literatura ya me sirve, es útil.
(Les acercan micrófonos nuevos)
Fernando Noy: Estamos agonizando. Tomá el mío.
Pedro Lemebel: Ponga el suyo (le dice al sonidista) (Risas).
Fernando Noy: El devenir travesti te volvió muy especial.
Pedro Lemebel: Sabes, también, en este encuentro, qué cálido es este encuentro. No es solamente por el whisky. También tiene que ver con una premisa de este encuentro, de los desplazamientos. Porque también Fernando –no textual, por supuesto– podríamos haber hecho una conversación sobre los viajes, ¿no? Los chilenos viajan mucho ahora.
Fernando Noy: A un coloquio.
Pedro Lemebel: A un coloquio sobre los desplazamientos. Y los escritores viajan mucho, los cronistas sobre todo y después cuentan sus historias de crónicas en África y sus crónicas en no sé qué.
Fernando Noy: Se trasplantan.
Pedro Lemebel: Se trasplantan, ¿no? Pero también hemos hecho un viaje: tú para allá y yo para acá. También hay un viaje ahí, un contagio.
Fernando Noy: Lo que decía al comienzo, ¿no?, esta cuestión de compartir el mismo vacío aparente, donde surge tanto misterio para revelar en el caso del espacio, del paisajismo que Chile y mi pueblo natal, Río Negro, nos unía. Y el “Donoso…” lo escribí en ese pueblo del que tú hablas, y así “sucesivamuerte”. Acá hay una pregunta que me trajeron, que dice: “No olviden el tiempo”. Ah, bueno, perfecto. Que no olvidemos el tiempo (Risas). Pero el tiempo, ¿estamos todos a tiempo, no?
Pedro Lemebel: Yo pensaba que era en homenaje a Bolaño. Y le pusieron ahí que yo le hacía un homenaje. A mí no me gustan los homenajes.
Fernando Noy: La palabra homenaje es un ultraje.
Pedro Lemebel: Nunca me hagas un homenaje.
Fernando Noy: Pero el sólo hecho de evocarlo como tu amigo y contarnos algo sobre Bolaño va a conferir algo sobre su personaje.
Pedro Lemebel: Sí, en realidad tienes razón. Él fue muy generoso conmigo porque me dio la posibilidad de publicar en Anagrama. Y también, cuando yo lo conocí en Santiago de Chile, era su primera visita, entonces tenía una junta con una comida o con una serie de escritores que se llamaban entonces como “La nueva novela” –eso fue después de la dictadura, los primeros años de la democracia–, como un “mini boom”. En realidad, era “un nuevo mercado” más que “la nueva novela”.
Fernando Noy: “García- Marketing” (Risas).
Pedro Lemebel: (Se ríe) “García Márketing” (Aplausos). Pero, niña, algunos de esos escritores habían participado de un taller literario de una mujer que era la esposa de Townley, un cerebro de la DINA, de la policía secreta, que fueron los artífices de la muerte de Letelier, en Washington. Ella tenía un taller literario donde habían participado estos escritores. Y yo le digo a Roberto: “¿Cómo vas a ir a comer con esa gente que sigue defendiendo a esta mujer siniestra y a su marido, que fabricaba un gas mortífero que se usaba en las torturas?” Entonces, la casita esta de esta Mariana Callejas, que era esta tipa, era una casita de dos pisos. Y en el piso superior estaba este taller literario, donde leían a Hemingway y qué sé yo, y abajo en el subterráneo estaba la tortura, ¡estaba la tortura ahí! Y a veces bajaba el voltio, ¿no?, de la luz. Y el grupo ABBA, que escuchaban los gays literatos que iban a eso, también se interrumpía, así como este micrófono, ¿no? Y se suponía que estaba pasando lo peor ahí abajo.
Fernando Noy: La energía estaba siendo mal usada.
Pedro Lemebel: Se ríen acá. No da para hacer chistes, no. El caso es que Roberto, cuando leyó esta crónica, “Las orquídeas negras de Mariana Callejas”, porque tenía un cultivo de orquídeas en el jardín, él en realidad escuchó esta historia y no fue a comer con estos escritores. No fue a comer y nos fuimos ahí de parranda, y solamente hace poco tiempo leí el Nocturno de Chile, y ahí me enteré que de ahí la agarró, de mi crónica, por la historia de esta mujer de la policía secreta, este taller literario que funcionaba como lugar de tortura. Mientras funcionó así, Roberto fue un amigo querido, pero que estaba en un tiempo muy jodido también, porque yo soy tan gozador, yo soy bueno para el alcohol, para las drogas, y todo; y Roberto no podía nada. No podía tomar nada, no podía fumar nada. Entonces, era un poco irascible. Entonces, tenía como un acento, así, bastante español, “pues coño”. Y yo le dije: “Ay, ese acento, ¿cuándo perdiste el acento chileno?”. Entonces, yo trataba de hacerlo reír y nada; Roberto nada, nada. Y a veces, yo llegaba a mi casa y estaba mi mamá, y mi mamá estaba conversando con alguien por teléfono, y me decía: “Sí, mi hijito, usted tiene que cuidarse, usted está muy joven todavía. Aquí viene, aquí viene.” Y después me decía: “Tu amigo español” (Risas) Y yo le hacía señas: “No estoy, no estoy.” “Sí, aquí está” –decía mi mamá–.
Fernando Noy: Para sacárselo de encima te lo endosaba. Pero era una alegría también estar con Roberto.
Pedro Lemebel: También, también.
Fernando Noy: Y en las evocaciones había otro nombre que yo también quería mencionar, que es el de Néstor Perlongher (Aplausos).
Pedro Lemebel: ¡Ese es un nombre maravilloso, oye! ¡Maravilloso! Yo siempre –cuando me hablan de referentes literarios– hablo de la poesía de Néstor. Para mí fue como un pantallazo, una dentellada de emoción. El libro Alambres es maravilloso. Y yo a él lo conocí en el último tiempo, cuando estaba en el tratamiento. Lo conocí en Valparaíso, y él estaba un poco triste, Néstor. Estaba un poco triste.
Fernando Noy: E irascible además, ¿no?
Pedro Lemebel: Sí. Y entonces, andaba con Arturo Carrera, me acuerdo. En ese momento, yo estaba con las yeguas, con “Las Yeguas del Apocalipsis”, y lo loqueábamos mucho. Niñábamos mucho, y aunque tengamos ochenta años vamos a ser niñas.
Fernando Noy: El abuelazgo travesti.
Pedro Lemebel: Entonces, Arturo dijo que éramos un poco irrespetuosos con Néstor. Nosotros le regalamos un guante, un guante de novia. Y fue lindo esa noche en Valparaíso. Nos fuimos de farra, por los cerros, por las cantinas, y Néstor no podía ir. No, no podía ir y se fue a su hotel. Me acuerdo de esa noche “transplantina”, como me puso en la dedicatoria.
Fernando Noy: Como lo nombra en su crónica “María Moreno”. Bueno, pero hacemos un intervalo.
[Intervalo]
Performance de Pedro Lemebel
Pedro Lemebel: Hay que subir el micrófono, por los tacos. Malditos tacos. “Los tacos políticos” –les dicen mis amigas travestis de allá de Chile–. Y cuando mi mamá estaba viva, me decía: “Tienes que ponerte taco alto”. “Sí, mamá.”
En realidad, bueno, gracias a Noy mil veces, por lo que fue esa conversa, esa entrevista. (Aplausos) Y a esta segunda parte, que le han puesto “performance”, porque a todo le ponen “performance” ahora. Se tiró un pedo: performance (Risas). A cualquier huevada, performance. Yo creo, tuve, no sé, la suerte de incursionar en este arte, con Francisco Casas, mi ex de “Las Yeguas del Apocalipsis”. No digo “ex”, las yeguas nunca se acabaron. Creo que la última fue la invitación de la Bienal de La Habana, en Cuba. (Levanta el atril) Ah, ¿vieron? Las letras cantan por mí. ¿”Letras que cantan” se llama esta huevada? Vamos a ver si cantan, o si bailan. Generalmente, cuando me preguntan: “Pedro, ¿tú bailas?”, yo les digo: “Ah, ya a estas alturas, me bailan.” (Risas)
Entonces, esta primera lectura que voy a hacer para ustedes, con todo mi corazón, con todo mi cariño, tiene que ver con una etapa de mi vida de liceano. Yo también fui liceano. “Ano”, Noy. El Eco. Tiene que ver con esa etapa de juventud, porque los maricones también fuimos jóvenes. La gente cree que de vieja uno adquiere estas malas costumbres. También, también, hay algunos. Pero también fuimos niños y también fuimos jóvenes, etc., ¿no? Entonces, tiene que ver con una experiencia, tiene que ver con esto de la canción, y del cantar, y de la música, que viaja y que hace traslados, hacia el pasado también. Me cuesta ser futurista, más bien viajo hacia el pasado. Y tiene que ver con que hace poco me pusieron el Ares, para bajar toda la música del mundo. ¡Maravilloso! Entonces, de un día a otro tuve todas las músicas del mundo en mi computador. Entonces, me levanto a la mañana, apretó una tecla y suenan todas mis melodías. ¿Para qué necesito psicoanálisis? Y tiene que ver con una canción, este primer texto. Una canción que yo no escuchaba desde mi adolescencia. Se llama “La ciudad sin ti”, y es de la cantante Mina, y de un compañero de curso que era de las juventudes comunistas. Entonces, lo inexplicable es que a él le gustara Mina y no cantara Víctor Jara, o Violeta Parra, o Quilapayún. Pero él escuchaba Mina y me la cantaba así despacito, al oído. Entonces, tiene que ver con eso. Esto va con una música y con un sonido.
(Se escucha “La ciudad sin ti”, de Mina.)
La ciudad sin ti está solitaria
“Quién podría haber pensado entonces que me iba a apenar el resto de la vida, como una música tonta, como la más vulgar canción, de esas que escuchan las tías solas o las mujeres cursis; canciones de folletín, que a veces aúllan en algún programa del recuerdo. Y era tan raro que te gustara esa melodía a ti, un muchacho de la Juventud Comunista, en ese liceo poblacional, donde cursábamos la educación media en plena unidad popular. Más extraño era que siendo yo un maripozuelo evidente, fueras el único que me daba pelotas, en mi rincón del patio, arriesgándote a las burlas. Pues, “La ciudad sin ti”, no dejabas de canturrear, con esa risa tristona que yo evitaba no compartir para no complicarte. Hace poco, después de tantos años, volví a escuchar esa canción, y supe entonces que admiraba tu candor revolucionario; amaba tu alegre compromiso, que se enfureció tanto cuando supiste que los fascistas iban a destruir el mural de la Ramona Parra en el frontis del Liceo. “Hay que hacer algo. Hay que hacer guardia toda la noche” – dijiste–. Y nadie te pescó, porque al otro día había una prueba. “Qué importa la prueba, me da una hueva. Yo me quedo cuidando el mural del pueblo.” Y a mí tampoco me importó la prueba, cuando me escapé de mi casa, a medianoche, y me fui al Liceo, donde te encontré acurrucado, empuñando un palo, haciendo guardia bajo el mural de pájaros, puños alzados y bocas hambrientas. “Pues, la ciudad sin ti”; reíste sorprendido al verme, haciendo un espacio para que me sentara a tu lado. No lo podías creer. Y me mirabas y cantabas: “Todas las calles llenas de gente están, y por el aire suena una música.”
- ¡Te vine a hacer compañía, compañero! –dije tiritando–.
- Bienvenida sea su compañía compañero–me contestaste, pasándome el pucho a medio consumir por tu boca jugosa.
- No fumo –te contesté con pudor–.
Entonces, no fumaba, ni piteaba, ni tomaba, ni jalaba; sólo amaba con la furia apasionada de los diecisiete años.
- Pueden venir los fascistas. ¿No tienes miedo?
Le contesté que no, temblando:
-Es por el frío, esta noche hace mucho frío.
No me creíste, pero enlazaste tu brazo en mis hombros con un cálido apretón.
- De noche salgo con alguien a bailar. Nos abrazamos llenos de felicidad, mas la ciudad sin ti.
Era extraño que cantaras esa canción, y no las de Quilapayún o Víctor Jara que guitarreaban tus compañeros de la Juventud Comunista. La cantabas despacito, a media voz, como si temieras que alguien pudiera escucharte. No sé, era como si me la cantaras sólo a mí. “Pues la ciudad sin ti” –musitabas cada letra, en el vaho de aquella tensa noche de vigilia–. Casi no sentía frío a tu lado, y temblando así, despacito, de tantas cosas, de tanto ingenuo adolecer, me fui relajando, adormilando en tu hombro. Pero el pavor me cortó la respiración, al escuchar unos pasos en la calle:
- No te muevas –me soplaste al oído, sujetando el garrote–, pueden ser los fascistas.
Y permanecimos así, juntititos, con el corazón a dúo, haciendo “tum, tum, tum”. Pero no eran los fascistas, porque las pisadas se perdieron en la concavidad de la calle, retumbando. Y quedamos de nuevo solos, en silencio. Y en el aire suena una música. Volviste a cantar en mi oído, y así pasaron las horas. Y al día siguiente nos sacamos “rojo” en la prueba. Y vinieron los exámenes de fin de año y los tiempos escolares rodaron turbulentos, en marchas por Vietnam y mitines en apoyo al presidente Allende. Y después, la música se cortó de pronto. Vino el golpe, y su brutalidad me hizo olvidar aquella canción. Nunca más supe de ti. Pasaron los inviernos de tormenta, rebalsando el Mapocho de cadáveres con un tiro en la frente. Pasaron los inviernos, con la estufa a parafina y la tele prendida, con Don Francisco y su musiquilla burlesca, acompañando el cortejo de la Patria en dictadura. Todo así, con show importado, con vedettes tetudas en las faldas de los generales. La única música que retumbaba en el toque de queda era la de esa farándula miliquera. Nunca más supe de ti. Quizás escondido, arrancado, torturado, acribillado o desaparecido, en el pentagrama impune y sin música del duelo patrio. Algo me dice que fue así. Santiago es una esquina, Santiago no es el gran mundo. Aquí algún día todo se comenta, todo se sabe. Por eso, hoy, al escuchar esta canción, la canto sin voz, sólo para ti. Y camino, trisando los charcos del parque. Este invierno se viene duro. Cae la tarde otoña en el cielo reflejado en las cosas. Aglomeración de autos tocan bocina en los semáforos. Van y vienen los estudiantes, con sus pasamontañas para el frío y la protesta. Los santiaguinos se agolpan en los paraderos del Transantiago en masa, en tumultos, en una muchedumbre alborotada que colma las calles. Mas la ciudad sin ti, mi corazón sin ti.”
(Aplausos)
Pedro Lemebel: Qué linda esta canción, ¿eh? En Italia, estuve poco allá, hace poco. Bueno, y Mina, ¿no?, Italia. Y mi público eran abuelas; abuelas con bastón y todo. ¡Maravilloso! Entonces, yo les decía a los italianos: “A mí me gusta la copia de la copia, me gustan los argentinos.” (Se ríe) No, maravilloso Italia. Comí y comí como chancho. ¿Por qué se creen que subí quince kilos? ¡Y las abuelas! Estas cochinadas que yo cuento… Y las abuelas. ¡Maravilloso! Abuelas y jóvenes también. Aquí no veo bien, puede haber jóvenes también. Algún jovenzuelo… Entonces, pensando en los jóvenes es que me acordé… Hace poco, hace poco –yo escribo en un diario en Santiago, Diario La Nación, todos los domingos– y me censuraron esta crónica porque encontraron que “lindaba con lo pedófilo”. Y la verdad es que prendo la televisión, llegando a mi casa, y veo a un chico esposado, de una ciudad cercana a Santiago, de Rancagua. Y dice en la tele: “Pedófilo”, porque chateaba con un chico de diecisiete– él tenía dieciocho–. Y entonces ¿pero quién es el pedófilo? – dije yo–. Pero es terrible porque al chico le cagaron la vida. ¿Tú sabes lo que es que en un pueblo de Chile, aparecer en la televisión, esposado, “pedófilo”? Es terrible. Y pensando, que hace un tiempo, cuando me pusieron Internet, me volví loca. Ah, este chico también se ponía nombres de mujer, y hacía que los pendejos pensaran que él era mujer. ¡Si el ciberespacio es así! Nadie es nadie. Está bien, ¿pero por qué culparlo a él, que caiga en él esa maldición? Lo encontré terrible. Una de las crueldades de la publicidad. Por eso odio a los periodistas: siempre buscándoles por debajo.
Entonces, yo les decía que cuando me pusieron Internet, con una amiga inventamos un nombre. “Pero no esos nombres travestis, Pedro. Se van a dar cuenta inmediatamente –todos los argentinos– de que somos maricas, po.” Y me dijo: “Yo me voy a poner “Altamira Rojas”. ¿Suena bien, no? Porque no sé, un nombre travesti es: Valentine, no sé. Y yo me puse: “Selva Ramírez.com” (Risas).
“Al encender el televisor, lo primero que veo es un chico esposado como criminal, camino al cadalso. Dan las noticas, y el aséptico conductor informa, con voz acrílica, que este sujeto fue detenido por el delito de abuso con menores por Internet. Y a mirarlo, tan joven, humillado y cabeza abajo, arrastrado hasta el furgón policial, me pregunto: ¿Quién es el pedófilo? Porque el joven, delgado, peina dieciocho abriles, apenas un año más que su víctima de diecisiete. También le adjudican otros contactos cibernautas, con dos chicos adolescentes. Y me vuelvo a preguntar: si el pendejo ni siquiera los tocó. Nunca puso sus manos sobre esa carne prohibida. Sólo acarició en el teclado del computador, la música de esa piel, como quien toca un piano a la distancia. Entonces, ¿por qué lo eligen como chivo expiatorio para el escarmiento? Este estudiante era un voyerista, un mirón, que seguramente, como tantos, como miles, como millones, se pajean con el porno-cyber en el privado íntimo. Si los chicos tenían quince, dieciséis o diecisiete, no se sabe, porque siempre se ponen más años. Además, con la moda televisiva del gimnasio, más la dieta, hamburguesa, Mc Donalds, la adolescencia luce hoy el engorde macizo de niños que tienen cuerpo de hombres. La escena del noticiario es obscena en su cruel tremendismo. Asquea cierta hipocresía condenatoria, de poner a un chico estudiante al juicio moralizador de la pantalla. Le destruyeron la vida por un leve deseo.
El delito: haber sido seducido por el brillo hipnótico de los cuerpos benjamines a través del vidrio. Su pecado: entrar en el océano virtual, donde es posible hasta encontrarse a la pequeña Lulú, que aún se llama Lulú en su “nick”, y escribe como niña pero tiene cincuenta años; o con Papelucho, que en el espacio sideral sigue siendo un colegial revoltoso, pero en la realidad es un divorciado de sesenta. También puede ser Peter Pan, desde la isla de Nunca Jamás, donde tiene un sauna con sirenas en topless. Pero ya de abuelo, en la intimidad del chat, morirá siendo el mocoso que se resiste a madurar.
Este jovenzuelo acusado es una víctima de la comunicación virtual y su mercado de sexo a la distancia: sexo sin tacto para el náufrago de caricias en su solitario navegar. Se le acusa de excitar a los chicos a que se desnuden frente a la “cam” del compu, que muestren su verdes cojoncitos y se masturben pensando que están frente a una mujer. Se le acusa de ponerse nombre de mujer y usar la foto de una modelo muy siliconeada. Y bien, ¿cuántos adolescentes no se la corren con esas fotos del porno farandulero? El chat da la posibilidad de desdoblarse en miles de nombres e identidades. Hace unos años, cuando recién me instalaron Internet, mi “nick” era Selva Ramírez, y me describía como una morenaza de veinticinco años, con un pelo hasta la cintura y un cuerpo de diosa; una chica sencilla y esforzada, que trabajaba de noche como mesera de un bar, para costearme los estudios de periodismo. Por ahí enganché un bambino de Mar del Plata, que se enamoró de Selva, sólo por el nombre y mi palabrerío travestongo.
- Eres un trolo -me dijo un día, y yo me enfurecí y ¡lo mandé a la mierda!-.
- ¡No sabes lo que es una mujer, por eso me confundes!- le gruñí por el chat-.
- Perdona, Selvita. Es que hay tanto homosexual que se hace pasar por mujer. Dame “Cam”, Selvita, para conocerte.
- Es que soy tan pobre que no tengo cámara.
- Mandame una foto, entonces, para verte, aunque igual te amo.
- Mira, soy tan pobre que ni siquiera me alcanza para sacarme fotos. Tengo una radiografía, si te sirve.
- Ja, ja, ja -se reía el pendex, desde Mar del Plata-.
Aunque yo sí lo podía ver y era un dios hecho a mano. Me pasaba toda la noche chateando con él.
- Sos adorable, Selvita. Nunca conocí una mujer como vos.
- Espérame, voy a atender una mesa -me disculpaba-.
- Te esperaría toda la vida, muñeca. Cuidate, Selvita, que los hombres borrachos te pueden faltar el respeto. Ese trabajo no es para vos. No te preocupes, sé defenderme.
En eso estuvimos meses. Me resistía a usar una foto de mujer, insistiéndole en que a él sólo le interesaba Selva por su físico. “-Bueno, tenés razón. Che, no importa, pero igual mandame una foto-.”
En ese tiempo, me invitaron a Buenos Aires y aparecí en portada del suplemento Ñ de Clarín, con una foto de veinte años atrás, retratada como Frida Kahlo, con un pájaro en la frente.
-Mira- le dije al chico, ya cansada de tanta petición de foto-, anda al kiosco de periódicos a comprar Clarín, y en la portada del suplemento aparece Selva Ramírez. ¡Esa soy yo!
Pasó una hora, dos horas, y por fin me contestó:
- Ey, Selvita, ¿estás ahí? ¿Sabes que en el diario aparece una mujer con máscara? Espérate, voy a leer la entrevista.
Nunca más supe de él, y a Selva Ramírez se la tragó el vacío sin alma del ciberespacio. Hoy recuerdo, por la noticia del chico condenado por falsear su identidad, y me pregunto por las identidades ladronas de Pinochet, por los violadores y torturadores que se pasean impunes por nuestro Chilito; y reniego mil veces de la justicia chilena, que con el pretexto ético de la protección a la infancia, va sembrando de paranoia global el simple mirar, el voyerear, el crear romances en el imaginario libertino del cuarto propio, que es el único cielo amatorio iluminado por el flúor azulino de la pantalla soledad.”
Gracias.
(Aplausos)
Pedro Lemebel: Me había olvidado de esa crónica. Oye, yo me he “desbarroquizado”, porque yo antes estaba mucho más barroco. Ahora me he puesto como más coloquial, y están las críticas huevonas por ahí (Risas). “Coloquial, coloquial”. Pero esto de hablar para el público tiene que ver también con educar. Yo no sé si educo. Yo no sé si educo o maleduco. Noycita, ¿qué dices tú? ¿Ambas cosas, no?
Fernando Noy: Una detrás de la otra.
Pedro Lemebel: ¡Detrás, niña, por Dios! Yo también fui profesor. No sé si soy profesor, todavía, aún. Profesor de artes plásticas. En los tiempos duros de la dictadura, trataba de que los chicos del Liceo entendieran que estábamos viviendo una dictadura. Entonces, en ese tiempo les comparaba el arte romano con el arte griego. El arte griego es más espiritual pero en ese momento me servía. Y el arte romano, militar. “¡Respondan!” Y el único que me respondió fue un alumno mío, que se llamaba Ronald Wood, y eso es lo que les voy a leer ahora, con mucho cariño.
Ronald Wood (A ese bello lirio despeinado)
“Quizás, sería posible rescatar a Ronald Wood, entre tanto joven acribillado en aquel tiempo de las protestas. Tal vez sería posible encontrar su mirada color miel entre tantas cuencas vacías de estudiantes muertos, que alguna vez soñaron el futuro esplendor de esta impune democracia. Al pensarlo, su recuerdo de niño grande me golpea el pecho. Y veo pasar las nubes, tratando de recortar su perfil en esos algodones que deshilacha el viento. Al evocarlo, me cuesta imaginar su risa podrida bajo la tierra, porque sería lindo volver a encontrar al Ronald en aquella comuna donde yo le hacía clases de artes plásticas en la medialuna de los setenta. Y él no estaba ni ahí con el arte, jodiendo toda la hora, derramando la témpera, manchando con rabia la hoja de block, molestando a los más ordenados, mientras yo trataba de enseñar el arte prehistórico, mostrando diapositivas. Mientras, yo le daba con el arte egipcio, mostrando láminas de pirámides. Y el Ronald, insoportablemente hiperquinético, aburrido con mi cháchara educativa, lateado, estirando las piernas de adolescente crecido de pronto. Porque era el más alto, el bailón molestoso que no cabía en esos pequeños bancos escolares; el payaso del curso que me hacía la clase un suplicio, rayándose la cara, riéndose de mi discurso sobre la Historia del Arte. Hasta que llegué al Arte Romano, el arte militar del imperio. Entonces, por primera vez lo vi atento, mirando con asco las esculturas de esos generales. Por primera vez se quedó inmóvil, escuchando. Y yo aproveché esa instancia de atención para meter el discurso político, riesgoso en esos años, cuando era pecado hablar de contingencia en la educación. Y el Ronald, tan atento, ayudándome en esa compartida subversión, a través de la ingenua asignatura de las artes plásticas. Y luego, cuando terminó la clase, cuando todo el curso salió en tropel al recreo, al levantar la vista del libro de asistencia, el único que permanecía sentado en la sala era Ronald, en silencio.
- ¿Y usted? ¿Qué hace ahí? ¿Que no escuchó la campana del recreo?
Y él, sin decirme nada, me miró con esos enormes ojos castaños, estirándome la mitad de su manzana escolar, como un corazón partido que sellaba nuestra secreta complicidad.
Desde aquel día, ese bello despeinado no se perdía palabra de mi oratoria anti-militar.
- Oiga, profe -me decía-, hay que hacer algo para que se acabe la dictadura.
- Algo estamos haciendo, Roni. No se acelere. Mientras tanto, usted tiene que estudiar, dar el ejemplo, y no andar quebrando los vidrios de la inspectoría, ni menos andar haciéndole muecas a la directora. ¿Me entiende?
Y allí, en medio del patio pajareado de niños, rascándose la cabeza rubia como una flama limoná, esas lejanas mañanas de cristal, a fines del setenta. Poco tiempo me duró esa estrategia de concientizar por medio de la Historia del Arte. Por ahí, alguien supo, alguien escuchó, y sin mediar explicación tuve que abandonar mis clases en esa comuna. Nunca más vi a Ronald Wood, jamás supe qué pasó con él. En los crispados años que vinieron, nunca me enteré si también lo habían expulsado de ese colegio, al igual que a mí. Solamente el 20 de mayo de 1986 me llegó la noticia de su asesinato, en medio de una manifestación estudiantil. Ese día recién me enteré, por la prensa, que Ronald estudiaba para auditor en el Instituto Nacional de Santiago, que tenía apenas diecinueve años, esa tarde, cuando una maldita bala milica había apagado la hoguera fresca de su apasionada juventud. Ahí también supe que había agonizado tres días, con su bella cabeza hecha pedazos por el plomo dictatorial.
Aún así, por muchos años, creí reconocer su risa en las bandadas de estudiantes que alborotan el parque. Creo que hasta hoy no me convenzo de su fatal desaparición, y lo sigo viendo, florecido en el ayer de su espinilluda pubertad. Tal vez nunca logre borrar la sombra de culpa que me nubla el recuerdo de sus grandes ojos pardos; aquellos lejanos días de escuela pública, cuando me regaló, en su mano generosa, la manzana partida de su rojo corazón.”
Muchas gracias.
(Aplausos)
Pedro Lemebel: Gracias, el Ronald. Bueno, también hay otras cosas, pero yo siempre me tiendo a poner triste. Igual con la Noy nos reímos harto. ¿No es cierto Noycita? Lloramos y reímos con la misma intensidad. ¡Porque tenemos heridas comunes, tenemos heridas comunes! La cordillera es una costra común. Tenemos el caso de la niña, hija de padre chileno y madre argentina, que se encontró acá a ese pequeño botín de guerra, en la época terrible, ¿no? Y cuando yo grabé esa canción en la radio, la grabé con “Osito de felpa”, de Raúl Shaw Moreno. (Canta un poco de la canción) Mi mamá lloraba, lloraba. Por Dios, es tan triste. ¡Es triste! A ver, en Chile yo siempre estoy peleando por lo mismo, porque no se ha hecho lo que aquí se hizo, que de alguna manera es consagrar, consagrar un duelo. Ahí en Chile mucha gente cree que no pasó lo que pasó. Creen que todo es mentira, que los desaparecidos están en Europa. ¡No! ¡Qué horror! Y la televisión sigue en manos de la misma cara que animó el show del horror. Los mismos, están los mismos. Entonces, eso permite que haya un pueblo hipnotizado por esa misma película de impunidad. Es evidente que –con Pancho, sobre todo– en “Las Yeguas del Apocalipsis”, nos decían: “Pero ustedes por qué tienen que hablar tanto de los detenidos y desaparecidos. Ustedes hablen por sus demandas, las demandas de la homosexualidad”. Uno habla por lo que quiere y donde le duele el corazón, ¿no? Y también nuestra performance era un poco eso. La cueca, el baile chileno, sobre vidrios, descalzos sobre un mapa de América Latina, tenía que ver con eso, por ejemplo.
Y quedó, para terminar y para decirnos adiós, y para ir a comer algo, porque tengo hambre. Bueno, los voy a dejar bajoneados, ¡de mala! (Risas)
El mismo informe de desaparición de personas, en Chile se llamó “El informe reting”, y esto tiene un video que yo hice en un lugar que se llama Pisagua, que es un lugar en el norte de Chile, que es el desierto donde fueron llevados los prisioneros en ese tiempo, en la relegación. Entonces, en el libro que Noy nombraba con tanto afecto, hay una historia que se llama “Pisagua en puntas de pie”, pero tiene que ver con un coreógrafo… No pongas antes el video. Cuando yo te diga “ya”, no seas eyaculador precoz (Risas) Estoy contando la historia, estoy relajado, estoy con familia, con amigos, con gente que me quiere. ¡Por Dios!
Entonces, en ese lugar de Pisagua, que es un lugar terrorífico donde se encontraron las primeras fosas de los cuerpos de los detenidos desaparecidos, llevaron a este coreógrafo que se llamaba Gastón, también. Y bueno, cuando los milicos lo vienen a buscar, él preguntó: “¿Dónde me van a llevar? ¿Qué llevo? Si la parca o el pareo” Y por ahí le dijeron: “Al norte”. Y él ya pensó: playa, cielo, sol. Y echó la toalla y el traje de baño. Entonces, en ese campo del horror, en ese campo que fue de horror, esta tiraba la toalla como “La Bella Genio”, como la toalla voladora. Y se tiraba al sol. Y sus compañeros del Partido Comunista, le decían: “Pero Gastón, ¿cómo podés ser tan maricón? ¡Estamos en un campo de concentración, no en Río de Janeiro!” Entonces, era terrible –me decía Gastón– estar en ese lugar y ser atacado por los milicos, que también se reían de él, o sus compañeros, que también se burlaban. Esa es una de las historias que aparece en este libro. Y tiene que ver con que también Gastón podría haber sido muerto. Lo podrían haber matado porque el hermano era de la Ministra de Trabajo de Allende, de la Unidad Popular. Entonces, esta performance, que la hice el año pasado y que es lo que van a ver ustedes, tiene que ver con ese campo del horror, ese lugar seco, absolutamente seco y con un mar espectacular, con un mar casi Calipso. Un paisaje muy bello para otro paisaje del horror, contrapunteado con un paisaje del horror. Eso es lo que vamos a ver ahora:
(Se proyecta en video, en simultáneo con la lectura de la crónica)
Pisagua en puntas de pie
“Recado de amor al oído insobornable de la memoria. Y fueron tantas patadas, tanto amor descerrajado por la violencia de los allanamientos. Tantas veces nos preguntaron por ellos una y otra vez, como si nos devolvieran la pregunta, como haciéndose los lesos, como haciendo risa, como si no supieran el sitio exacto donde los hicieron desaparecer, donde juraron por el honor sucio de la patria. Que nunca revelarían el secreto, nunca dirían en qué lugar de la pampa, en qué pliegue de la cordillera extraviaron sus pálidos huesos. Por eso, a la larga, después de tanto traquetear la pena por los tribunales militares y ministerios de justicia, oficinas y ventanillas de juzgado, donde nos decían: “Otra vez estas viejas con sus cuentos de los detenidos desaparecidos, donde nos hacían esperar horas, tramitando la misma pregunta, el mismo ‘olvídese, señora, abúrrase, que no hay ninguna novedad. Deben estar en otro país, se arrancaron con otros terroristas. Pregunte en investigaciones, en los consulados, porque aquí es inútil. Que pase el siguiente’.” Por eso, para que la ola turbia de la depresión no nos hiciera desertar, tuvimos que aprender a sobrevivir, llevando de la mano a nuestros Juanes, Marías, Anselmos, Cármenes, Luchos y Rosas. Tuvimos que cogerlos de sus manos crispadas, y apechugar con su frágil carga, caminando al presente. No podíamos dejarlos descalzos, con ese frío a toda intemperie, con esa lluvia tiritando. No podíamos dejarlos solos, tan muertos, en esa tierra de nadie, en ese pedral baldío, destrozados bajo la tierra de esa ninguna parte. No podíamos dejarlos detenidos, amarrados, bajo el planchón de ese cielo metálico. En ese silencio, en esa hora, en ese minuto infinito con las balas quemando, con sus bellas bocas abiertas en una pregunta sorda; en una pregunta clavada en el verdugo que apunta. No podíamos dejar esos ojos queridos tan huérfanos, quizás aterrados, bajo la oscuridad de la venda. Tal vez temblorosos, como niños encandilados que entran por primera vez a un cine, y en la oscuridad tropiezan, y en el minuto final buscan una mano en el vacío para sujetarse. No pudimos dejarlos allí tan muertos, tan borrados, tan quemados, como una foto que se evapora al sol, como un retrato que se hace eterno, lavado por la lluvia de su despedida. Y aún así, a pesar del viento frío que entra sin permiso, con la puerta de par en par abierta, nos gusta dormirnos acunados, con la tibieza terciopela de su recuerdo. Nos gusta saber que cada noche los exhumaremos de ese pantano sin dirección, ni número, ni sur, ni nombre. No podía ser de otra manera. No podríamos vivir sin tocar en cada sueño la seda escarchada de sus cejas. No podríamos nunca mirar de frente, si dejamos vaporar el perfume sangrado de su aliento. Por eso es que aprendimos a sobrevivir, bailando la triste cueca de Chile con nuestros muertos. Los llevamos a todas partes como un cálido sol de sombra en el corazón. Con nosotros viven, y van plateando un lunar en nuestras canas rebeldes. Ellos son invitados de honor en nuestra mesa, y con nosotros ríen, y con nosotros cantan, y bailan, y comen, y ven televisión, y también apuntan a los culpables, cuando aparecen en la pantalla, hablando de amnistía y reconciliación. Nuestros muertos están cada día más vivos, cada día más jóvenes, cada día más frescos, como si rejuvenecieran siempre en un eco subterráneo que los canta, en una canción de amor que los renace, en un temblor de abrazos y sudor de manos, donde no se seca la humedad porfiada de su recuerdo.”
Muchas gracias.
(Aplausos)


