Roberto Bolaño: El escritor insufrible
Durante la edición 2008 de Filba se le dedicó un homenaje al escritor Roberto Bolaño. Como parte de este homenaje, Juan Villoro, Alan Pauls y Horacio Castellanos Moya participaron de la mesa Hacia Roberto Bolaño: El escritor insufrible, moderada por Pedro Rey.
Algunas frases destacadas:
- Con Roberto Bolaño ha pasado algo sumamente curioso, y es que hemos tenido la oportunidad de ver cómo se construye un clásico en tiempo real. Ha sido como un “reality” de la posteridad. (Juan Villoro)
- [Bolaño] estaba absolutamente seguro de ser un escrito valiosísimo. (Juan Villoro)
- Para mí hay dos Bolaños: uno es el que cierra, de algún modo, el ciclo de la gran novela latinoamericana, y en ese sentido, Los detectives salvajes es un poco la novela que cierra; y después está el otro Bolaño, que es el de 2666, que para mí es alguien que abre algo. (Alan Pauls)
- Me da la impresión que Bolaño era un fanático de Borges que escribía como Cortázar. Yo creo que tal vez Bolaño usaba a Borges para preservarse de los riesgos de Cortázar, para ser cortazariano en el mejor sentido de la palabra y no en el peor. Como una especie de sistema de precauciones de Borges. (Alan Pauls)
- Yo creo que también ahí hay un escritor que se da el lujo en buena medida, no de prescindir pero de hacer a un lado y moverse muy fuera de su literatura nacional y entender Latinoamérica como un sitio donde él escoge y toma lo que quiere. (Horacio Castellanos Moya)
- Un escritor que nosotros leemos de una manera, con unos criterios, con un interés y que, de pronto, al convertirse en mito, lo que hay es un mito. Y además, cuando toda la industria editorial y el gran marketing están trabajando en crear este mito, vamos a tener sorpresas. (Horacio Castellanos Moya)
- Una vez le preguntó un periodista: “¿Por qué usted siempre lleva la contraria?”. Y él le dijo: “Yo nunca llevo la contraria.” (Juan Villoro)
- Creo que Bolaño es bastante único, en el sentido de que es un escritor que inventó, podríamos decir, un mundo relativamente inédito. (Alan Pauls)
Aquí dejamos un estracto de la charla:
Pedro Rey: Pasiones y aversiones también es el tema de fondo que hay en esta mesa, “Roberto Bolaño: El Escritor Insufrible”. Y esto se debe a algo muy curioso: Bolaño, se nota en sus artículos periodísticos, en sus ensayos, en las pocas ponencias que hizo, que era un individuo pasional, lleno de pasiones, aversiones y también contradicciones. Lo notorio, para mí al menos, es que también se ve en su literatura, en sus ficciones. Me da la sensación que todo está permeado un poco por estas pasiones que a veces pueden cambiar.
Los tres escritores con los que tenemos la suerte de contar hoy, de uno u otro modo comparten algo con Bolaño, además de haberlo leído. Lo primero es que Bolaño escribió sobre los tres maravillosamente bien, y textos muy buenos, muy certeros. Y al mismo tiempo, todos también escribieron sobre Bolaño textos muy interesantes, y todos, de una manera u otra, lo conocieron. Con Juan Villoro –Bolaño cuenta, y Juan lo cuenta en otro texto, aunque difieren las fechas en la edad de cada uno, que supongo que te habrás dado cuenta– se conocieron en la juventud y Bolaño dice que él tenía diecisiete, Juan dice que él tenía veinte. Y se encontraron veinte años después en Barcelona, ¿o todavía estabas en México, si mal no recuerdo? Horacio lo conoció, compartió un día o una larga tarde en Barcelona –después lo contarás–; y Alan no lo conoció en persona pero sí intercambió mails y habló por teléfono.
Lo que les quería pedir, entonces, en primer lugar, ya que lo conocieron, ya que lo leyeron, ya que lo trataron y conocen esta suerte de pasiones y aversiones, si nos pueden trazar un semblante personal de ustedes sobre Roberto Bolaño.
Juan Villoro: Bueno, con Roberto Bolaño ha pasado algo sumamente curioso, y es que hemos tenido la oportunidad de ver cómo se construye un clásico en tiempo real. Ha sido como un “reality” de la posteridad lo que ha pasado con su obra en los últimos tiempos, y la consolidación de una trayectoria que ya es imparable. Hace unos momentos hablábamos nosotros de lo mucho que le divertiría malevolentemente a Roberto ver el predicamento en el que estamos aquí metidos nosotros, tratando de hacer un encomio justiciero de su vida y de su obra. Él dijo que si moría le encantaría inscribirse a un seminario con Pascal y discutir con él. No dijo lo que tendríamos que hacer nosotros y seguramente aventuraba que haríamos el ridículo siempre, tratando de estar a la altura de lo que él dejó.
Siempre recuerdo, a propósito de esto, una anécdota del padre de Leonard Bernstein, que era bastante cruel con él, lo golpeaba mucho en la infancia, y en un momento dado, le preguntaron: “¿Pero cómo es posible que usted haya maltratado así a su hijo?” Y el padre contestó: “Perdonen, pero es que yo no sabía que era Leonard Bernstein.” Con Roberto, pues ahora pasa lo mismo, que fue un amigo muy cercano, y por momentos no supimos que era Roberto Bolaño.
Él empezó a decir del trabajo que le costaba ceñirse a una forma poética que, de alguna manera, estaba pidiendo que él contara una historia, pero él era un idólatra de la poesía, entonces él quería escribir poemas y sus poemas estaban tendiendo desde el principio a ser historias. Y esa tensión que tenía, desde los orígenes de su trayectoria poética, la iba a revertir después de manera brillante, convirtiendo a sus historias en puestas en escena de la búsqueda poética. Una búsqueda poética que se explica no a partir de escribir una obra, o ni siquiera de escribir una obra clandestina o secreta, sino de vivir una experiencia que justifique la poesía. Entonces, si Ricardo Piglia dijo que el detective establece un contacto entre la cultura popular y la reflexión intelectual –digamos que es un intelectual popular que investiga las huellas sueltas de la realidad– el detective salvaje de Bolaño prosigue en series de ideas y hace una investigación poética, una investigación silvestre, una investigación a contrapelo que es la del poeta.
Horacio Castellanos Moya: Quizás destacaría un punto de mi impresión con Roberto Bolaño. Mi relación fue muy precisa con Roberto, creo que comenzó gracias a Juan. Posteriormente, compartimos emails, comenzamos a escribirnos, y resulta que él tenía una relación con El Salvador muy particular porque cuando él regresó a Chile para tratar de participar en el gobierno de Allende, hasta el ’73, que luego lo capturan, el único lugar que él registra donde se quedó fue El Salvador, y se quedó en la casa de un amigo, Manuel Sort, amigo mío, que era director de teatro y había sido parte de los infrarrealistas en México, como Orlando Guillén y de un grupo de poetas malditos.
Una vez que viajé a Barcelona lo visité y esa es toda mi experiencia con Roberto, y la impresión que te puedo dar es la de un tipo profundamente compulsivo, y un tipo incontrolable; y un tipo, pues, compulsivo, con una sensación de estar en el filo, muy cerca del abismo, en términos, tanto de la literatura como vitalmente. Se platicaba con él y en todos los temas era terminante; era terminante aunque dejaba abierta la discusión, y con una enorme tristeza y con un sentido de la muerte. Cuando yo lo conocí fue en el 2002, le quedaba un año nada más.
¿De dónde salió Roberto Bolaño? Su padre era un camionero, su madre era una maestra de primaria de un pequeño pueblo del sur de Chile. Luego, un outsider todo el tiempo. Cuando uno ve la explicación que él presentó para la beca Guggenheim, él dice, frente a la pregunta de cuál es su experiencia: “Todos los oficios”. ¿Cómo que todos los oficios? Todos los escritores somos mitómanos pero ¿dónde estuvo? ¿Qué hizo esos veinte años aparte del camping? Yo no tengo información sobre eso. Y la sensación de que también cargaba esta cosa contestataria, que después lo vimos en su época de plenitud, una vez que se convirtió en el escritor que conocemos, pero que se oponía al sistema. No estoy hablando de política sino de una actitud vital de rebeldía, que es eso de lo que has estado hablando, que es todo este tipo de actitud de confrontación, de no estar de acuerdo con los valores establecidos.
Alan Pauls: Yo tengo esta experiencia bastante singular de relación con Bolaño, a quien nunca conocí personalmente, con quien sólo hablé por teléfono una vez en una conversación que dejó mucho que desear técnicamente; había muchas interferencias en la línea, y creo que había amigos comunes del otro lado, en la casa de él, desde donde llamaba, tratando de impedirle que conversáramos normalmente. Pero creo que en esa única conversación, en esa única experiencia en vivo que tuve con él, me di cuenta de que básicamente a Bolaño le gustaba mucho conversar. En esa breve conversación telefónica que tuvimos, me di cuenta, básicamente, que Bolaño no quería cortar. No le importaba que la conversación fuera un desastre, que hubiera desperfectos técnicos, que no nos escucháramos, no quería cortar. Y me parece que eso, quizás, sea lo único que justifica ese repertorio tan ecléctico de amores y de odios que tenía Bolaño; amores y odios que, por otro lado, él nunca argumentaba. No era un razonador en ese sentido, no era un crítico en ese sentido. No parecía haber detrás de esa galería de amores y odios, principios estéticos, o políticos, o literarios, que permitieran, incluso, anticiparse a los próximos odios y a los próximos amores. Me parece que más bien había, por un lado, una cierta actitud un poco beligerante –un poco patotera, podríamos decir–, para mí muy saludable en un momento en el que la literatura latinoamericana estaba como demasiado instalada en una especie de confort blando. Me parece que en ese sentido Bolaño aportó una cierta agresividad que creo que le faltaba a la literatura latinoamericana.
Y al mismo tiempo, a mí siempre me llamó la atención que esa faceta de Bolaño, esa faceta peleadora, belicosa, provocadora, me parecía que entraba en una cierta contradicción con el tipo de literatura que hacía, que es más bien una literatura extremadamente inclusiva. No creo que la literatura de Roberto sea una literatura que expulse a nadie, ni siquiera a sus enemigos. Más bien me da la impresión de que en todo lo que escribía pretendía anexárselo todo. No sólo géneros, no sólo tradiciones, no sólo públicos, sino también enemigos. Entonces, ahí hay algo que siempre me pareció significativo: alguien que escribe una obra extremadamente colonial, imperial, en el sentido de una obra que trata como de conquistar todo el tiempo territorios desconocidos, aún cuando le sean hostiles; o incluso, sobre todo, cuando le sean hostiles. Y un escritor, una figura, una posición en el debate de la esfera pública que es de peleador, de agitador.
Juan Villoro: Yo creo que todo escritor interesante necesita tensiones e, incluso, contradicciones. En Roberto, por ejemplo, respecto a México, había una idolatría del recuerdo. Él no quiso regresar nunca a México, y reconstruyó un México fantasmagórico, y decía que si él regresaba a México, iba a morir en México. Tenía esta fantasía de aniquilación en México, y decía que finalmente ese es el país de Pedro Páramo. Yo creo que en el fondo no quería volver porque era un territorio literario. La última palabra que escribió en ficción, en 2666, es la palabra “México”, con la que termina esa novela.
Esta actitud de dividir, de encontrar amigos o adversarios y mantener vivos los reflejos del polemista, yo creo que tenía que ver un poco con recuperar la energía del vanguardista que ya no podía tener una escena donde desarrollar su literatura otra, su literatura de ruptura, porque tampoco buscó hacer esto en España. Desde Blanes, el puerto donde está la primera roca de la Costa Brava, a él le gustaba mucho esa estadística, la primera roca. Yo creo que él se sentía esa primera roca, y no es casual que sus cenizas hayan sido esparcidas ahí por su hijo.
Pedro Rey: Hay una frase que a mí me encanta que quería recordar, de un cuento de él, que es un cuento sobre un escritor que descubre que es un pésimo escritor. Este escritor que se da cuenta que es malo, decide acercarse a otro, casi para protegerlo, a uno que es un desastre, y él dice que “los malos escritores son –o deben ser– los escuderos de los buenos escritores”, que engancha con la idea esta de una suerte de comunidad, como decía Juan. A mí me gusta creer que este cuento, que está en Llamadas telefónicas, quizás sea anterior a esta consagración. Todos esos momentos en que Bolaño debe haber sentido que era un escritor no valioso, digamos, ¿no? No sé si alguien lo conoció en ese momento.
Juan Villoro: Yo creo que estaba absolutamente seguro de ser un escrito valiosísimo. O sea, no he conocido a nadie con una determinación más fuerte y una seguridad más grande sobre lo que él estaba haciendo. En ese sentido también él tenía una certeza de que lo que él estaba haciendo era absolutamente algo para que sobreviviera. Esto no quiere decir que se ufanara de ser un escritor valioso, o que buscara el reconocimiento fácil, sino que si el lector, el mundo, los editores, no entraban en contacto con esa obra, esto era peor para ellos. Pero él estaba absolutamente convencido de eso, incluso en su etapa “piel roja”, cuando dice que era como un cazador de cabelleras, cuando iba peleando por premios municipales en lugares olvidados, y de revistas que no le interesaban, premios que le interesaban exclusivamente por el dinero, pero él estaba absolutamente convencido de que estaba dando oro molido a cambio de lo que le fueran a dar.
Entonces, en ese sentido no le interesaba el fenómeno de la fama, e incluso luchaba contra ella. Por eso, si algunos de sus amigos cercanos hubiera tenido en vida la fama que tiene él hoy en día, le hubiera parecido espantoso, porque él detestaba esta idea de celebridad y de consenso, y luchaba un poco contra ella. La gran paradoja es que justamente la vitalidad de esta lucha, de esta tensión, ha permitido que lectores muy diversos se interesen en su literatura.
Horacio Castellanos Moya: Creo que eso está en el discurso, cuando recibe el premio Rómulo Gallegos, que es una idea del escritor corriendo peligro literalmente, no en cuanto a ir matar el prójimo, sino corriendo peligro en la profundidad y en su acercamiento al ser humano, hasta dónde se mete. 2666 fue su gran aventura en ese nivel, fue meterse profundamente en una realidad de crímenes, en una realidad infernal, que desde Blanes debe haber sido muy difícil escribir.
Alan Pauls: No veo a Bolaño como un vanguardista; lo veo más bien como un romántico y como un fanático, en donde efectivamente la verdadera pulsión que anima a la literatura de Bolaño es el fanatismo. Y en ese sentido, yo creo que es como pre-vanguardista. Y de hecho, esa especie de figura de artista ha sido siempre la que aparece en su literatura; es una literatura llena de poetas, llena de escritores, llena de artistas pero que prácticamente no tienen obras, nunca sabemos qué se escribe, qué escriben Belano y Lima en Los detectives salvajes. Me parece que lo que hace ahí Bolaño es reapropiarse muy inteligentemente de una tradición que ya está, en términos estéticos, no sé si extinguida pero sí que enfrenta un problema de callejón sin salida importante, que es la tradición de la vanguardia, y lo que retoma de esa tradición es más bien un repertorio de formas de existencia, de modos de vida, me parece; que es, en realidad, lo que siempre le interesó a Bolaño.
Si uno lee lo que escribió, se da cuenta –y en eso vuelvo también a la idea de una literatura muy inclusiva– que no es una literatura de vanguardia en ese sentido, porque la literatura de vanguardia no puede ser, por definición, inclusiva. Digamos, la literatura de vanguardia tiene necesariamente que dejar afuera a alguien, tiene que dividir públicos. Entonces, me parece que ahí hay un cierto uso de una tradición de vanguardia que tiene que ver más bien con estilos de vida, más que con prácticas, más que con procedimientos, más que con poéticas. Y al mismo tiempo, me parece que está bien que fuera así, digamos, que ese fue un poco el gran descubrimiento de Bolaño, el hallazgo de Bolaño, que es encontrar cuál era el punto en que la tradición de la vanguardia todavía podía ser productiva en algún sentido.
Para mí hay dos Bolaños: uno es el que cierra, de algún modo, el ciclo de la gran novela latinoamericana, y en ese sentido, Los detectives salvajes es un poco la novela que cierra; y después está el otro Bolaño, que es el de 2666, que para mí es alguien que abre algo. Algo que hasta el día de hoy, para todos los que han leído esa novela, sigue siendo un enigma completamente desconocido. Digamos, uno no sabe qué podía venir después de esa novela en la obra de Bolaño. 2666, a diferencia de Los detectives salvajes, que es una novela que cierra, es una novela que abre, no sabemos qué es. Y es una novela –no una novela póstuma, cuyo acabamiento fue interrumpido por la muerte– prácticamente escrita desde la muerte, una novela escrita desde el más allá.
Cuando escribe Los detectives salvajes, para mí Bolaño lo que está haciendo es, diciéndoles a Fuentes, a García Márquez, a Vargas Llosa: “¿Ustedes creyeron que habían escrito las grandes novelas latinoamericanas? Están equivocados, ésta es la gran novela latinoamericana.” Y me parece que ese es como el momento del “patoterismo” del Bolaño.
Juan Villoro: Sí, en esto de la relación entre la vida y el arte, a mí me desconcierta mucho esta frase que se ha dicho mucho en la prensa, de que Bolaño es el escritor que dio su vida a cambio de escribir una novela, como si su vida no hubiera sido escribir esa novela y como si no hubiera una identidad entre esa vida y esa obra. Este es el viejo dilema que se planteaba Thomas Mann: O vivo o escribo. Y si escribo desde la distancia reflexiva de la escritura estoy rebajando la intensidad de la vivencia. ¿Qué hacemos? ¿Vivir o escribir? Y yo creo que la actitud de Bolaño ante la escritura es justamente la de vivir, vida y escritura.
Me pareció interesante lo que decías ahora, Alan, de 2666 como una especie de fuga hacia otra parte que no sabemos adónde iba a llegar. A mí resulta muy interesante en 2666, algo que es totalmente distinto al Bolaño anterior, y que él había tratando muchas veces, de fundir esta idea del arte y la experiencia a través de la primera persona. Son muchas primeras personas que están hablando desde una interioridad en donde su vida se va a convertir, de manera quizá inadvertida, en un testimonio. 2666 es una novela donde toda la vida interior de los personajes se da a partir de la exterioridad de la trama.
Pedro Rey: ¿Cómo explican ese interés o esa pasión por la literatura que yo llamaría rioplatense? (Porque a veces aparecen escritores uruguayos); y si están de acuerdo con el tipo de lectura que él hace, de la apropiaciones y omisiones que él hace, porque a veces también omite.
Alan Pauls: Bueno, yo diría que Borges aparece todo el tiempo en Bolaño, pero lo que es curioso es que me da la impresión que Bolaño era un fanático de Borges que escribía como Cortázar, y eso es algo muy curioso, digamos. Porque obviamente, un libro como La literatura nazi en América es un libro totalmente borgeano, así como es J. R. Wilcockiano, pero una novela como Los detectives salvajes es sin duda una novela mucho más cortazariana que borgeana. Yo creo que tal vez Bolaño usaba a Borges para preservarse de los riesgos de Cortázar, para ser cortazariano en el mejor sentido de la palabra y no en el peor. Como una especie de sistema de precauciones de Borges.
Y a la vez, me parece que uno podría decir también que una de las cosas notables que hace Bolaño con su literatura es que de algún modo esas dos líneas de la literatura argentina, la línea Cortázar, que es una línea más bien vitalista, más bien surrealistona, digamos, lúdica, de modernización estética; y por otro lado, la línea Borges, que es una línea, por supuesto, intelectual, conceptual, conceptualista, de una especie de clasicismo perverso, que son dos tradiciones que yo creo que en la literatura argentina no se llevan nada bien y que en él se llevan bien.
Cuando digo Cortázar también podría decir los beatniks y Kerouac. Entonces, me parece que ahí hay otra de las cosas que Bolaño logra hacer como una especie de alquimista bastante milagroso, que es reconciliar dos tradiciones recíprocamente hostiles. Porque es muy fácil ser un escritor ecléctico y montar tradiciones, es una cosa que se hace desde hace cincuenta o sesenta años, es muy fácil. Es casi el ABC del escritor contemporáneo. Lo que es mucho más difícil, creo, es reconciliar tradiciones hostiles; hostiles estéticamente, hostiles políticamente. Y creo que eso es lo que Bolaño hace.
Horacio Castellanos Moya: Lo que a mí me llama la atención es qué hacía Bolaño opinando sobre la literatura argentina, ¿me explico? ¿Por qué nunca opinó sobre la literatura peruana? Nunca vivió acá. ¿De dónde le viene esa pasión? Me lo pregunto, ¿eh? Es decir, deviene de Borges, claro, deviene de sus lecturas, pero estuvo ocho o nueve años en México y se mete en la literatura mexicana básicamente con la figura de Octavio Paz, destrozando este mito del “gran poeta”, y ahí no entra en ninguna literatura latinoamericana con la obsesión con la que entra en la literatura argentina. Para mí es un interrogante.
Alan Pauls: No, yo creo que en algún sentido está más aislada y, al mismo tiempo, justamente por estar más aislada –y volvemos al Borges de El escritor argentino y la tradición– al estar una literatura increíblemente periférica, es una literatura que se da el lujo de pensarlo todo, poner todo en relación con todo, apropiarse de todo, etc. Yo creo que eso es lo que le debe haber interesado a Bolaño, en el sentido también de que Bolaño ya en Los detectives salvajes empieza a pensar como con una cierta mentalidad global. Digamos, uno podría decir que hay en Borges una cierta idea de una literatura global, de una ficción global. No sé, tal vez eso fue lo que atrajo siempre de la literatura argentina a otras literaturas: una literatura en algún sentido muy insular y a la vez muy conectada todo el tiempo con todo.
Horacio Castellanos Moya: Yo creo que también ahí hay un escritor que se da el lujo en buena medida, no de prescindir pero de hacer a un lado y moverse muy fuera de su literatura nacional y entender Latinoamérica como un sitio donde él escoge y toma lo que quiere. Él se mueve y escoge lo que quiere, y “esta es la tradición que a mí me gusta y aquí me siento y aquí voy, y mis opiniones fanáticas sobre esto y lo que sea.”
Alan Pauls: También uno podría pensar que hay algo bastante evidente en la obra de Bolaño, que es de qué modo el arte en la experiencia artística, entendida sobre todo como modo de vida, puede redimir una derrota política catastrófica. Digamos, en ese sentido yo creo que la obra de Bolaño es una gran obra post años setenta en América Latina. ¿Qué se hace con esa especie de enorme derrota política continental que hay en América Latina? Y me parece que la idea de Bolaño es reinvertir ese capital en la única experiencia en la que la derrota no es una derrota sino un triunfo, y esa es la experiencia artística, y esa es la verdadera experiencia vanguardista en Bolaño, la idea de que el fracaso es el éxito. Mientras que en la política, el fracaso es el fracaso, no hay redención posible.
Horacio Castellano Moya: Eso es muy interesante porque en Estados Unidos el éxito de Bolaño es precisamente que ese fracaso resulta instructivo para los del “boom”: “Todos fuimos jóvenes, todos fuimos aventura, todos arriesgamos, pero vean a dónde lleva.” Esa es una de las ideas básicas que hacen que Bolaño ahora sea el non plus ultra, es paradójico.
Juan Villoro: Sí, pero los chavos también lo están leyendo mucho, y Autobuses del Norte ya está cambiando su ruta por tanto gringo que está siguiendo las rutas de Bolaño (Risas). Forma parte ya también de una ruta en el desierto.
Horacio Castellanos Moya: Yo siento que íbamos a comenzar a enfrentar un hecho que será bastante novedoso, quizás para los argentinos no, con Borges; pero es el hecho de un escritor que nosotros leemos de una manera, con unos criterios, con un interés y que, de pronto, al convertirse en mito, lo que hay es un mito. Y además, cuando toda la industria editorial y el gran marketing están trabajando en crear este mito, vamos a tener sorpresas.
Pedro Rey: ¿De qué tipo?
Horacio Castellanos Moya: No sé, es decir, ya vendrá la biografía de Bolaño, seguramente; ya vendrán textos que investigarán al máximo qué hizo esos veintidós años en España, si realmente fue a África.
Juan Villoro: La fama es un malentendido, ¿no?, siempre. Bueno, digo, habrá un “detective salvaje sobre hielo” y cosas así, pero eso está más allá de lo que haya hecho Bolaño.
Pedro Rey: ¿Y Chile? Esta suerte de pulsión negativa que Bolaño tenía con Chile, por lo menos cuando vivía, cuando volvió allá, después de veinticinco años, que vuelve invitado por una revista. Tengo entendido que “no le dio bolilla” –diríamos acá– a los escritores de la entonces llamada nueva narrativa chilena que se le acercaban. ¿De dónde sale esto?
Juan Villoro: Sí, bueno, conmigo se molestaba mucho cada vez que yo elogiaba cualquier cosa chilena.
Pedro Rey: Y siempre bien de México.
Juan Villoro: Sí, exactamente. Entonces, si yo me metía con México se enojaba; si yo elogiaba cualquier cosa chilena le parecía que era insostenible, decía que era un país de psicóticos. En fin, ¿no? Al mismo tiempo, leía a los chilenos como sólo puede hacerlo alguien que se interesa mucho en buscarles defectos. También tenía esta pasión de estar muy pendiente de lo que pasaba en Chile. Y la verdad es que la división radical que ocurrió en la sociedad chilena con el golpe militar, y luego lo que él consideraba que era como una especie de aclimatación o de asimilación de muchos escritores que habían sido rebeldes, que también habían padecido el exilio y no habían mantenido una postura de radicalidad, pues, yo creo que volvemos a lo mismo: tenía que ver con esta lucha de titanes que él tenía en su cabeza y que él necesitaba construirse un territorio de idolatría y un eje del mal, ¿no? Así como estaba imaginando, y una y otra vez resolvió la batalla de Waterloo a favor de Napoleón con otras condiciones –que era una fascinación que él tenía–.
Horacio Castellanos Moya: En esto de Chile a mí me llama la atención su relación con Donoso. Yo creo que en algún momento él está hablando con Donoso. Es el escritor mayor chileno que lo precede, es el escritor chileno que tuvo todo lo que él no tuvo, porque pertenecía a una clase social, porque pertenecía a una tradición instalada de otra manera y que además escribió dos grandes novelas. No existe una gran pasión de él hacia Donoso y que es como un gran “parte aguas” en la literatura chilena. Y ahora, bueno, está un poco olvidado pero Donoso es un gran narrador y uno esperaría en Bolaño que se definiera a partir de él y no a partir de Cortázar y Borges. Ahí hay como un silencio y eso es muy interesante.
Juan Villoro: A Roberto no se le podía convencer de nada. Yo no me puedo ufanar de haberlo convencido nunca de algo. Dicen que todos los escritores mexicanos tuvieron un sueño en el que tenían una discusión con Octavio Paz y lo convencieron de algo, ¿no? Y lo mismo, yo discutí muchas veces con Roberto y él me consultó sobre el título de la novela, porque él le quería poner “Tormenta de mierda” (risas), y a mí me parecía que él tenía esta zona de bravucón, y de recordar de pronto que él había querido ser un pistolero y un cherokee, y estas vidas heroicas solitarias, y un vanguardista, y todo eso. Entonces, yo, la verdad, le dije que a mí el título me parecía de un infantilismo provocador, y todo. Y entonces me dijo: “Mira, estoy pensando en ponerle Tempestad ”. Y yo le dije: “Mira, no me parece que tampoco sea un gran hallazgo, etc., pero dada la alternativa…” Entonces fue como esos tenistas que lanzan una pelota muy cerca de la red para que tú les mandes un globito y luego te manden un remate espeluznante. Entonces, me sondeó con el tema tempestad y al no ser yo muy enfático, me dice: “¿Y no te acuerdas que un escritor, del que quizás has podido hablar, que se llama William Shakespeare, escribió un libro con un título parecido? ¿No te parecería una idiotez que lo publicara…?” Discutimos y él remató y ganó el punto, punto set y partido, como eran las discusiones con él.
Una vez le preguntó un periodista: “¿Por qué usted siempre lleva la contraria?”. Y él le dijo: “Yo nunca llevo la contraria.” (Risas) Digamos que en esta discusión él ganó la discusión naturalmente, como quería ver las discusiones, pero cambió el título.
Alan Pauls: Creo que Bolaño es bastante único, en el sentido de que es un escritor que inventó, podríamos decir, un mundo relativamente inédito. Me parece difícil hoy pensar en escritores únicos, porque, digamos, para pensar en un escritor único uno tiene que tener una cierta distancia con respecto a lo que juzga, y sobre todo con respecto a un estado planetario de la literatura, que a mí, por lo menos, se me escapa por completo. Me parece que es alguien que inventó algo y que ese algo que inventó se introdujo en el torrente sanguíneo de la literatura del planeta con una velocidad extraordinaria, y eso también es bastante único. Ahora, me resulta difícil hacer un juicio estético demasiado taxativo ahora, estamos muy sobre los acontecimientos. Creo que para emitir este tipo de juicios hay que tener una cierta distancia, ¿no? Digamos, yo no leo en otros escritores lo que leo en Bolaño. Ahora, leo a muy pocos escritores porque cada vez hay más escritores.
Pedro Rey: Esta pregunta que es para terminar: “¿Qué pensaría Bolaño de la unificación de su obra y su conversión en un James Dean de la literatura? En un ícono pop, podríamos decir. ¿No estaría encantado?”.
Juan Villoro: No, yo creo que él se burla de todos nosotros. Es decir, le parecería que es otro de los equívocos con el que lo bendijo la realidad, y se alzaría de hombros y se seguiría adelante.
16 de noviembre de 2008




October 31st, 2009 at 10:36 pm
Todavía me acuerdo cuando leía el año pasado las propagandas en la revista Ñ sobre esta charla y me lamentaba porque no iba a poder estar. Gracias por la trasncripción, que me imagino que habrá sido un laburo arduo. Buenísimo el blog.
February 22nd, 2010 at 12:44 am
[...] Para mí hay dos Bolaños: uno es el que cierra, de algún modo, el ciclo de la gran novela latinoamericana, y en ese sentido, Los detectives salvajes es un poco la novela que cierra; y después está el otro Bolaño, que es el de 2666, que para mí es alguien que abre algo. Alan Pauls [...]