N. del E.: C.L. asistió al Festival el sábado, cuando el Domo se estremecía por el viento. Disfrutó el domingo de fiesta y días después nos regaló este bellísimo cuento infantil.
Por C. L.
El Domo que rodó
Había una vez en Buenos Aires un viento. Un flor de viento, sí, con pétalos y espinas y mucho, muchísimo polen. O al menos eso parecía. Porque una mañana de noviembre, volaron por las calles cientos, miles de flores. E infinitos libros abiertos. Y lectores que los perseguían corriendo.
¿Pero qué pasó?
Es complicado. El viento desordenó todo, hasta este cuento. Vuelvo a empezar.
Era noviembre y primavera. Las calles estaban en flor y mi ciudad también estaba en flor (lo que es un decir) porque había un festival: el Gran Festival de Literatura de Buenos Aires.
Cuando me desperté, oí ruidos raros, como de mar, de olas rompiendo con fuerza sobre la playa. Me asomé a la ventana (que estaba demasiado cerrada y no pude abrir) y vi: El viento corría en círculos entre las copas de los árboles. Parecía una carrera de autos, de Fórmula Uno. Yo pensé en mi papá. Tal vez donde él estaba también los veía. Después lo iba a llamar.
Bajé las escaleras y corrí. En mi casa tenemos un patio muy largo que casi le da la vuelta a la casa; es un lujo, dice mi mamá. Y tenemos túneles y pirámides de tela que se pueden enganchar pero que siempre están sueltos porque yo y mi hermanito, el “Toco”, nos peleamos. Bah, el Toco pelea, porque no entiende nada de cómo se juega a los Volcanes en Erupción. Los Volcanes aplastamos todo, incluso a bebés, esto lo sabe cualquiera. La cosa es que esta mañana los túneles y las pirámides rodaban por el patio de punta a punta. Se pusieron a jugar sin nosotros, pensé.
Mi mamá se despertó y se agarró la cabeza.
– Uy, qué cagada –dijo e inmediatamente se tapó la boca porque vio que yo la había oído.
– Sí, qué cagada –dije muy fuerte, sin mirarla.
Por eso recibí un pellizco en el hombro, pero valió la pena.
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